Columna

LOS TROFEOS DE OCEANOGRAFÍA

Por su desempeño en el Mundial Sub-20 de Turquía, el año pasado, la prensa especializada comenzó a llamarle El Drogba colombiano. John Córdoba, delantero de Jaguares de Chiapas, había sido cedido al Dorados de Sinaloa, pero una transferencia de última hora lo llevó al Espanyol de Barcelona.

El dueño de su carta, Amado Yáñez Osuna, acababa de cumplir su segunda temporada dentro del negocio del futbol mexicano. Con el respaldo de Oceanografía y de su esposa Verónica González Gutiérrez, erigió AMRH International Soccer, con sede en el Centro Gallo de Alto Rendimiento, en Querétaro.

Al cierre del torneo de apertura 2014, esa franquicia tenía los patrocinios de Nike, Libertad Servicios Financieros y Big Bola, además de los derechos de transmisión en televisión cedidos a TV Azteca y las cartas de Córdoba y el crack brasileño Danilinho, altamente cotizados en el llamado “mercado de piernas”.

No ha quedado claro si el SAE también quedó bajo el control contractual de estos dos jugadores. Después de la intervención a Gallos Blancos, el equipo estuvo a un tris de quedar en manos de Onmilife, de Angélica Fuentes y Jorge Vergara. Una serie de eventos desafortunados hicieron que Yáñez Osuna fuera forzado a venderlo en 10 millones de dólares, un tercio de su valor de mercado. Y también, a deshacerse de sus filiales, los Delfines de Ciudad del Carmen -para los que construiría el estadio Del Mar- y el equipo con el mismo nombre, establecido en Coatzacoalcos, que eran conducidos por un equipo directivo en el que participan los Adolfo Ríos, Claudio Suárez, Nacho Ambriz y Jorge Campos.

Los nuevos dueños del equipo sólo los tendrán un torneo más. La historia del Estadio del Mar, en sí misma, es muestra del peculiar estilo de Yáñez Osuna, que obtuvo millonarios recursos municipales y estatales para impulsar la obra de autoridades panistas y priístas eclipsadas por su idea de tener una sede para espectáculos familiares y, en un momento dado, ser anfitrión de algún partido de Futbol de la Selección Nacional de Futbol. En la recta final de esta forzada desincorporación de activos, el SAE deberá decidir quién se queda con las embarcaciones de Oceanografía que atienden a Petróleos Mexicanos.

La puja tiene como protagonistas a TMM y la familia Alemán, por un lado, y Seamex, la firma en la que Seadrill ha coinvertido junto con el fondo Fintech, del empresario regiomontano David Martínez. Otros tramos de los negocios que cubría la empresa de los Yañez Osuna -que tenía en operación 22 embarcaciones IMR, 13 barcos de perforación, 10 barcos abastecedores, cuatro buques para el traslado de personal y 25 barcos de apoyo- son pretendidos por Blue Marine, de Juan Marcos Issa y los hermanos Alfredo y Juan Reynoso, además de Manuel Arroyo, de Grupo Lauman. Antes de la intervención gubernamental, la flota de Oceanografía había arrendado 18 navíos de última generación, con lo que sumaban 84 embarcaciones para cubrir los contratos con Pemex. Los nuevos dueños de Oceanografía deberán resolver el principal problema de la empresa: la cobertura del bono, por 375 millones de dólares, que los operadores financieros de Amado Yáñez -léase Martín Díaz Álvarez- colocó en Nueva York en el 2010 para resolver los problemas de liquidez de la firma.

El financiero -sobrino consentido del ex secretario de Hacienda, Francisco Gil Díaz y emparentado políticamente con el ex secretario Dionisio Pérez-Jácome Friscione- ha logrado esquivar las indagatorias de las autoridades del sector. Su peculiar estilo de hacer negocios lo iguala a los hermanos Rodríguez Borgio, sus principales socios. La forma en que se hicieron del control de Libertad Servicios Financieros, pillando a los dueños originales y arrebatando a otros interesados, los pinta de cuerpo entero.

El tamaño de sus lujos -su hacienda, su penthouse en Miami (donde guarda sus autos de lujo entre los que destacan un Ferrari negro, un Bentley esmeralda y un Rolls-Royce Blanco) y su colección de arte contemporáneo mexicano- es inversamente proporcional al marchitamiento de Ocenanografía, de cuya historia no puede desvincularse, pues de las arcas de esa empresa salieron 3 millones de dólares para adquirir su rancho tequilero y otros 2 millones más para la remodelación de sus oficinas.

De hecho, aún utiliza el LearJet 60, matrícula N65MD, una de las joyas de la flota que reunió Yáñez en la última década. En el entorno de los ex socios de Oceanografía se comenta que la vigilancia de las autoridades estadounidenses sobre las actividades de Díaz Álvarez desató la cacería que culminará con el desmembramiento de la empresa. Y es que el año pasado el financiero quiso comprar el Legacy Bank en Florida, asociado con los empresarios Miguel Capriles, de Venezuela, y Alejandro Rodríguez Blanco, pero los órganos reguladores no autorizaron la operación.

Sobre las versiones que tratan de eximir a Díaz Álvarez de la toma de decisiones dentro de Oceanografía, esas mismas fuentes señalan que dos de sus representantes legales -Vicente Corta y Raúl Fernández Briseño- se incorporaron en el 2010 como secretarios en las juntas de accionistas… por instrucciones de Martín Díaz, quien por esas épocas adquirió un rancho, a 17 kilómetros de Madrid, en tierras sevillanas, donde encontró refugio junto con los hermanos Rodríguez Borgio.

Alberto Aguirre M.
El economista

 

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