Política

IFE, EL JUGUETE DE LOS PARTIDOS

Hay papás que cuando se pelean toman a los hijos de rehenes y los usan para chantajearse los unos a los otros. Algo similar sucede con los partidos y el Instituto Federal Electoral: cada vez que la oposición, sea quien sea, quiere chantajear al gobierno, el rehén favorito es el IFE.

Los partidos no ven al IFE como una institución de la vida republicana sino como un instrumento político que está ahí para administrar la lucha por el poder. Si deciden desbaratarlo lo desbaratan; si se les ocurre cambiar las reglas, las cambian; si los consejeros dejan de serles útiles, los desechan; si quieren ponerlos a contar anuncios porque todos se engañan a todos, los hacen contadores, etcétera. Esto es, los partidos han asumido que ellos son los únicos que tienen voz y voto en materia electoral y que lo que ellos decidan que es bueno es en automático bueno para el país. Son, en ese sentido, lo más parecido a la Federación Mexicana de Futbol, un oligopolio que tiene la fuerza incluso para decidir cuáles leyes acatan y cuáles no, con la diferencia que la Femexfut es un organismo privado y el IFE una institución de la República.

La creación del Instituto Nacional de Elecciones es el nuevo capricho de la oposición. Es una forma de restarle fuerza a los gobernadores, que no está mal, pero asumen, desde una visión absurdamente centralista, que lo que se haga desde el DF será mejor, lo cual no sólo es falso sino riesgoso. En la práctica tendrán que contratar funcionarios locales, pero ahora con sueldos de burócrata federal. Mientras se pelean y se chantajean mutuamente, los partidos decidieron esta semana dejar al Instituto sin cinco de los nueve Consejeros, entre ellos el Consejero Presidente, y les pidieron a los cuatro restantes que mantuvieran el changarro en tanto el consejo de dueños de la democracia decide qué hacer.

La creación de un Instituto Nacional Electoral tiene muchas ventajas y enormes desventajas. No es un tema que se pueda resolver de un plumazo y por capricho, sino que implica decisiones fundamentales sobre la forma en que está organizada nuestra vida institucional y el pacto federal. No está mal desaparecer la duplicidad de funciones, pero hacerlo de golpe y por decreto puede traer problemas más grandes de los que pretende resolver.

Necesitamos un IFE independiente y estable; las instituciones de la democracia son una conquista ciudadana, no un juguete de los partidos.

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