Locales

No hagas sufrir al extranjero

Después del “código de la Alianza” (los mandamientos), en Éxodo 22 vienen una serie de prescripciones de carácter social, todas ellas en defensa abierta del pobre.

Entre los pobres que son defendidos por estos preceptos están; a saber: los forasteros residentes (no tienen patria), los huérfanos (no tienen padre-madre) y las viudas (no tienen esposo). En similar situación están los necesitados de dinero, que son presa inerme de los agiotistas o prestamistas.

Ellos están en situaciones de pobreza extrema. Por eso, en las leyes del Antiguo Testamento, el forastero residente gozaba de estatutos propios que le defendían. Forastero era todo aquél que se desplazaba de su patria por motivo de guerras, pestes, hambres, conflictos con su clan, etc.

En esas circunstancias está particularmente expuesto al abuso y a la explotación, por carecer de medios propios y de quien le defienda. La ley se alza aquí en su defensa. ¿Cuál es el fundamento de esa normatividad? El recuerdo, la memoria; es decir, la misma historia de Israel, su pasado.

Israel tuvo que migrar, y ser un pueblo extranjero en otra patria. Ese recuerdo debe hacerle tomar conciencia de que la alianza con el Dios que le libró a él, le impone hacer lo propio cuando de él quien tiene en su territorio extranjeros. Esta exigencia recurre constantemente en la ley y en los profetas (Lv 19,33s; Num 15,13; Dr 1,16; 10,17s).

En un magnífico ensayo sobre la inmigración hacia los Estados Unidos, realizado por José H. Gómez escribe: “Los derechos humanos y las libertades son universales: no dependen de dónde se haya nacido o dentro de qué grupo racial o étnico se haya nacido. Estos derechos y libertades también son ‘inalienables’, como dijo el presidente Kenedey: ‘Los derechos de un hombre vienen, no de la generosidad del estado sino de la mano de Dios’. Se sigue lo que viene de las manos de Dios, nunca puede ser negado o removido por ningún gobierno de hombres”.

En efecto, no existe el forastero para quien debe hacerse prójimo del necesitado, incluso asumiendo la responsabilidad de su vida, como enseña de modo elocuente e incisivo la parábola del buen samaritano.

DEFENSA DE LA VIUDA Y EL HUÉRFANO

La viuda y el huérfano son personas débiles en su condición, incapaces de hacer valer sus derechos. Ellos se cuentan entre los pobres más pobres. Si quisiéramos acercarnos, un poco, a las posibilidades de salir adelante en aquella época, sería como estar, en nuestros tiempos, en una instancia de gobierno judicial sin recursos ni abogados.

En la Biblia aparece, con cierta regularidad, su defensa (cf. Dt 10,18; 18,11; Jer 22,3; Zac 7,10). Aquí, el precepto se funda en una exigencia que parte de Dios mismo: Dios escucha su clamor y los vindica.

Estas leyes sociales se fundamentan en motivaciones teológicas y son ley de la alianza. La presencia de los necesitados de todo orden, social, jurídico, económico y universal humano, es una reclamación que se levanta y acusa. A los pobres, la ley los protege.

Eso quiere decir que el pobre es el lugar cercano en donde el Dios distante se revela y la ocasión real en que el hombre y el pueblo tienen que responder al mandato de la alianza.

Con Jesús estas exigencias positivas adquieren vigor e impulso nuevos y se manifiestan en toda su amplitud y profundidad. Aceptar a los pobres entre los más pobres, es amar a Dios. Basta ver la contundencia, con la cual el mismo Jesús habla en el capítulo 25 de san Mateo: “lo que hagan con uno de ellos, a mí me lo hiciste”. ¡Feliz domingo familiar!

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