Locales

El carmelo Carlos Miramontes sobrevivió al temblor del 85.

JOSÉ LUIS HUERGO

Sonorense por nacimiento, chito de corazón y a partir del 19 de septiembre de 1985, chilango por obligación, Carlos Miramontes vivió una odisea de muerte en esa fecha trágica, pues estuvo sepultado en las ruinas del hotel Versalles durante casi seis horas, luego del sismo que sacudió a la capital del país.

Hoy, Miramontes cumple treinta años de haber vuelto a nacer, pues quiso el destino que esa mañana fatal se encontrara hospedado en el hotel Versalles en la esquina de Versalles y General Prim 57, del Distrito Federal, cuando lo sorprendió el terremoto y el hotel se derrumbó, quedando sepultado en las ruinas en espera de ser rescatado. Como vivió para contarla, nos la contó:

“Yo viajaba con cierta frecuencia al Distrito Federal y acostumbraba hospedarme en el hotel Regis, pero había una convención de ganaderos y no alcancé lugar, por eso me fui al Versalles. Eso fue algo que no puedo llamar coincidencia, porque en el Regis murió muchísima gente y además se incendió, mi hotel no se incendió, afortunadamente”.
De modo que fue sorprendido por el sismo en el Versalles: “Al momento del temblor, yo estaba dormido, me despertó el estruendo y la caída, porque caí tres pisos, una trabe que cayó atravesada, sostuvo lo que venía encima de mí. El temblor fue a las 7:20 y me sacaron a la una de la tarde”.

“Yo pensé que iba a morir, porque todos mis compañeros que estaban ahí fueron muriendo y ya por ahí de las once de la mañana, cuando entró un rayo de sol, aguantando el dolor, la angustia, por mi mente pasaba la película de mi vida, me acordaba de la familia, las cosas buenas, las cosas malas. Me arrepentí de mis pecados, me despedí de este mundo, ya para estar preparado para la muerte. Hacía promesas a Dios, rezaba, nunca perdí el conocimiento durante ese tiempo”.

“Lo más duro fue el sufrimiento de estar bajo unas ruinas, con varios huesos rotos, sin saber lo que había sobre de mí, sin saber si me rescatarían a tiempo, al borde de la muerte durante seis horas, viendo morir a mis compañeros, víctimas de las caídas de techos y trabes, con el terror de que en cualquier momento podía tocarme a mí”

“Después esas larguísimas horas, escuché voces y me puse a pedir auxilio a gritos, entonces me sacaron los ‘topos’ por una lateral, mientras que debajo de mí fueron muriendo 53 personas”, narra mientras palidece y brotan las lágrimas en sus ojos.

“Tres meses me llevó rehabilitar las partes motoras de su cuerpo, porque tenía quebrados los brazos y los pies, las manos las tenía luxadas, estuvieron a punto de cortarme las extremidades”.

Mientras esto sucedía, la familia de Carlos estaba en Carmen, pero no lo encontraban, y temían lo peor, pues pensaban que él había llegado al hotel Regis, que es donde siempre se hospedaba.

Durante las horas en que estuvo sepultado bajo los escombros, no alcanzaba a imaginar la magnitud de la tragedia, afirma, “pero algo sospechaba, porque se oía mucho ruido de helicópteros, de sirenas, etcétera y cuando me sacaron, ya me di cuenta de lo que estaba ocurriendo”.

Una vez rescatado, “me dieron terapia, cuidados médicos y al día siguiente me llevaron al aeropuerto y pude viajar a Carmen para ver a mi familia, que no sabía nada de mí, porque las comunicaciones estaban imposibles”.

Hoy, a 28 años después, eventualmente sufre pesadillas, crueles reminiscencias de las horas más amargas de su vida, pero a sus 72 años es un hombre sano y vigoroso, a quien sus hijos y nietos adoran, labora en el Fideicomiso para el Ahorro de Energía, en Jalapa, Veracruz y estudia la licenciatura en Comercio Internacional.

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