Locales

Dios enjugará toda lágrima

En la celebración de los fieles difuntos, hoy domingo 2 de noviembre, honramos a quienes han abandonado este mundo, por voluntad divina, y han experimentado la universal experiencia de la muerte.

La muerte de un ser humano y, aún más, si éste es muy estimado, provoca dolor y lágrimas. Es la experiencia de la separación, que lleva a la vivencia del duelo. Por eso, sea inmediatamente o al paso de los días, se llora por la ausencia definitiva del amigo, pariente fallecido.

Con la muerte se concluye la experiencia terrena, pero a través de la muerte, se abre también, más allá del tiempo, la vida plena y definitiva. Afirma Cristo: “Quien cree en mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11,25).

Si bien la liturgia nos ofrece varios textos bíblicos para iluminar la realidad humana de la muerte, nos vamos a acercar al pasaje de Isaías 25, 6.7-9.

El capítulo 25 es un cántico de acción de gracias y una invitación al banquete mesiánico. El profeta presenta un cuadro fascinador y bellísimo. Dios es concebido como un gran Señor que da un banquete a todas las naciones en su mansión real, eneste monte, Sión, sede de la autoridad y del mando divino.

Ya no habrá más división entre los pueblos, pues en ese banquete todos podrán participar y unirse a la alegría. El banquete es imagen de la liberación gozosa por la presencia del Mesías. El Señor es generoso anfitrión que nos ofrece los mejores manjares y los más exquisitos licores, y los ofrece a todos, sin excluir a nadie.

En ese banquete, más que comida, es un festín, donde todos los males desaparecerán, por eso toda lágrima se enjugará y se borrará toda afrenta del pueblo.

En el Monte Sión, Dios se revelará. Allí será conocido, y el conocimiento de Dios, su aceptación, acabará con el pecado y con sus terribles consecuencias: el dolor y la muerte. Totalmente contrario pone A. Camus en su personaje Calígula: “Los hombres mueren y no son felices”.

El Anfitrión (Dios) ofrece un regalo inapreciable a quienes participan del banquete: aniquilar, de forma definitiva, la muerte, y con ella, su cortejo de sufrimientos y de lágrimas.
De ello se deriva, que al no haber más dominio de la muerte y del pecado, ya no habrá mofa o burla de los enemigos, y la esperanza conservada sin ocaso, propiciará participar en una alegre fiesta sin ocaso.

BANQUETE, SÍMBOLO DE ALEGRÍA

Ese banquete profético, si bien es presentado por los profetas como deslumbrante; sin embargo, no llega a ser ni la sombra del banquete eucarístico en toda su realidad espiritual y universal.

Jesús es el Mesías, que instaura el Reino del Padre. Resucitando, Jesús vence la muerte y todas sus consecuencias: el dolor y el llanto. La imagen de Dios enjugando las lágrimas, es conmovedora. Allí se expresa la solidaridad y ternura de Dios para con la humanidad, pues Él ama con amor total a los hombres. Él consuela, no sólo con el anuncio que en el futuro se acabará el dolor, sino que se entretiene con el quehacer diario de consolar en el tiempo presente.

El banquete es signo de la Eucaristía. Dios muestra su soberanía haciendo a los hombres felices. Si Jesús sufre es para que nosotros vivamos alegres. El que se complace, por el contario, en atormentar a los seres humanos con el miedo al castigo es un pobre y triste hombre, que ni es feliz ni soporta que los otros lo sean.

En este banquete, Dios inaugurará una era de alegría sin fin, quitando el velo o signo de duelo que cubría el rostro de los pueblos, representados, aquí, como apesadumbrados y tristes por la desgracia que sobre ellos pesa.

¡Oremos por los difuntos! ¡Oremos por los asesinados, suicidados y enfosados!

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