Pluma: JOSE LUIS HUERGO

Aunque el gobierno federal insiste en desmentirlo, cada vez son más fuertes los rumores sobre la posible privatización del IMSS, con lo que los derechohabientes, aparte de pagar costosas cuotas por concepto de seguridad social, quedarían obligados a cubrir los costos del servicio, cada vez que tuvieran necesidad de utilizarlo.

Esto sería parte de la política de Peña Nieto, quien cada vez cobra más impuestos y entrega menos servicios a cambio y para lograrlo ha ido modificando a su antojo la Constitución.

Por su parte, el Congreso de la Unión exigió que 28 de agosto, el IMSS e ISSSTE presentaran un informe “sobre las supuestas acciones tendientes a privatizar los servicios de salud” de ambos institutos, aunque de antemano advirtieron que eso requiere una reforma legal que no ha pasado por sus manos.

Ya pasaron dos semanas y ni el IMSS ni el ISSSTE informaron nada al Congreso, ni el Congreso informó nada a los ciudadanos, con lo que el hecho podría ser calificado como una más de las farsas orquestadas a cada paso por las autoridades y los diputados, supuestos representantes del pueblo.

Esto no lleva sino a sospechar que, en la próxima cortina de humo, se aprobará un nuevo despojo a los mexicanos por parte del sátrapa en el poder.

Sin embargo, privatización o no, lo que es un hecho es que quienes trabajan en el IMSS se sienten dueños de la institución y tratan a los derechohabientes como si les regalaran el servicio.

Porque una cosa es que no tengan medicamentos y muy otra es que no tengan madre y esto abarca desde afanadoras hasta directores de clínicas y hospitales, pasando por enfermeras, que son quienes se lucen de lo lindo desahogando sus frustraciones en los pacientes.

Eso pasa en todo el país y Ciudad del Carmen, desde luego, no es la excepción, con la agravante de que aquí se produce el 75% del petróleo que sostiene a la nación, justo sería que los servicios fueran de primer mundo, pero es marcado el ancestral desprecio hacia la isla, que siempre ha sido generosa a manos llenas.

Parturientas en sala de espera, gritando por los dolores, a punto de dar a luz, ante la indiferencia de la recepcionista, que sólo sabe decir “espérese”, y no se le ocurra al familiar de la paciente levantarle tantito la voz o exigir que sea atendida, porque la “digna dama” de inmediato llama a seguridad para que expulsen al quejoso del lugar.

Claro, si el enfermo o sus familiares tienen alguna “palanca”, es otro cantar, porque prácticamente le tenderán una alfombra para ingresarle, con fingida humildad, y ponerle en una camilla de ruedas en espera “que se desocupe el doctor”, mientras las enfermeras cotorrean en sus celulares, indiferentes al sufrimiento humano.

La cosa se pone color de hormiga los fines de semana, pues los ginecólogos ni se paran por ahí y los partos son atendidos por médicos pasantes, con lo que la vida de las pacientes se pone en riesgo.

Muy grave resulta también el hecho de que el IMSS en Carmen no cuenta con ambulancia de alta especialidad, de modo que si el paciente no tiene “palancas” o no tiene dinero para contratar una ambulancia privada, simplemente no puede ser trasladado a Campeche, donde, como es de esperarse, el nivel hospitalario es un poquito mejor que en Carmen.

En esos casos, lo más que se puede lograr es que habiliten una ambulancia para el traslado, con lo que haya a la mano, pero para que la ambulancia se mueva no es suficiente con que el paciente esté en peligro de muerte, no señor, debe existir la autorización de alguno de los directores, que nunca están y nadie sabe cómo localizarlos.

Así las cosas, lejos de funcionar como una institución pública, sostenida con las cuotas que los sufridos trabajadores pagan a la de a fuerza, el IMSS parece una institución de caridad, sostenida por los médicos y enfermeras.

Eso sí, si usted tiene para pagar la consulta y el tratamiento de manera privada con los mismos médicos, verá que el trato es muy otro.

Así las cosas en el corazón económico, no sólo de Campeche, sino de todo el país.

” Médico ignorante y negligente, mata al sano y al doliente”, dijera mi abuela, mujer papanteca de recio carácter.

¡Zambomba!
Se acabó el espacio.
Nos vemos, pues…

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