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Dios los cría…y los hunde la megalomanía.

Pluma: JOSE LUIS HUERGO

“El poder afecta de una manera cierta y definida a todos los que lo ejercen”, escribió Ernest Hemingway, sorprendido de que tantas personas perdieran el contacto con la realidad tras alcanzar un puesto de autoridad.

Como si estuvieran incubando una enfermedad, sufrían curiosos síntomas, que iban desde la necesidad de recibir halagos hasta la sensación de sentirse elegidos para llevar a cabo una misión trascendental y acabar sintiéndose por encima del bien y del mal.

Pero si realmente el poder es una enfermedad, ¿qué agente infeccioso la causa? El hubris. Fueron los griegos quienes acuñaron este término, con el que designaban la falta más grande que podían cometer los héroes: creerse superior al resto de los mortales. El hubris (palabra derivada del término heleno hibris) es el ego desmedido, la sensación de poseer dones especiales que le hacen a uno capaz de enfrentarse a los mismos dioses.

La enfermedad del poder es mucho más grave que muchas otras que se consideran de sumo cuidado.

Quien es contagiado por el virus del poder sufre diversos síntomas, de los cuales el más común es la pérdida de la conciencia y el sentido común.

Estos enfermos suelen apartarse de la realidad, para vivir en su propio mundo, el cual es diametralmente opuesto al mundo real.

Si bien es cierto que el virus del hubris ataca en cuanto el sujeto recibe el nombramiento, los síntomas se manifiestan de inmediato solamente en los casos en que el individuo ha sufrido toda su vida por falta de reconocimiento a un mediocre desempeño, que él considera genial.

El caso más palpable en la actual administración, es Jorge Pérez Falconi, ascendido a director de Educación y Cultura, luego de pasar muchos años dirigiendo una oscura compañía de teatro, conocida solamente por sus pastorelas.

Incapaz de desarrollar y llevar a cabo un proyecto detonante en lo cultural para Carmen, Falconi ha optado por despedir a todo aquel que pueda opacarle o se oponga a sus irracionales órdenes, como el caso del payaso Chiflón, quién durante más de 20 años al frente de la labor artística cultural en el área de Playa Norte, organizando los festivales que se realizaban en el zoológico.

Otro síntoma del contagio, se hizo patente en días pasados, cuando tuvo la peregrina idea de organizar un concierto de rock en la Unidad Deportiva 20 de Noviembre, olvidando que la cancha es para jugar softbol y el Domo del Mar es para conciertos.

Aquí se manifestó la pérdida de la conciencia y del sentido común.

Es así que en poco tiempo, Jorge Pérez Falconi ha sabido granjearse el repudio de todo el mundo y cuando José del Carmen Urueta Moha, sempiterno líder del sindicato de los Tres Poderes, quiso desestabilizar al Ayuntamiento, no tuvo que buscarle mucho para encontrar un pretexto y exigió el despido del arrogante sujeto, tachándolo de déspota y prepotente.

Alegre el indio y le dan maracas, dijera mi abuela, mujer papanteca de recio carácter.
¡Zambomba”
Se acabó el espacio.
Nos vemos, pues.

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