Columna

PEMEX: nuestra pequeña Grecia

La épica de Pemex en las páginas del nacionalismo revolucionario del siglo XX puede, al final de la batalla, terminar en nuestra pequeña crisis griega. Sin las proporciones de la deuda en Grecia, su pasivo laboral anuncia un pequeño cataclismo en la mitología de nuestra riqueza y desarrollo. La “abundancia” que contribuyó a financiar, hoy es una carga para todos los mexicanos y sus beneficios laborales, queda en la memoria de los años de jauja y arreglos corporativos discrecionales del viejo régimen. Ocaso de una época.

La Reforma Energética puso a Pemex en un nuevo contexto de competencia, pero su sindicato conserva fuerza para negociar la Reforma Laboral como en los viejos tiempos a pesar de la abrupta caída de la renta petrolera y ostentosos señalamientos de corrupción de sus líderes. Por segunda vez desde junio logró forzar al gobierno a prorrogar la revisión del contrato colectivo 2015-2017 por desacuerdos sobre la reforma a pensiones y jubilaciones. En la aplicación de las reformas estructurales los líderes petroleros han salido mejor librados que otros de la época dorada del viejo esquema clientelar, como Elba Esther Gordillo, para salvar caro a sus agremiados o reinventarse en el negocio ante el recorte de prestaciones que implicará la modernización de la empresa, ¿por qué? Su pasivo total por 1.4 billones de pesos es el doble que el Fobraproa.

Pemex enfrenta un serio problema con el régimen de pensiones, que le urge resolver para su viabilidad futura en el nuevo esquema de apertura energética, caída de producción y de precios del petróleo. De acuerdo con la ASF, su pasivo laboral equivale a 8.3% del PIB y junto con el resto del sector público abarcan 70% del total del déficit de pensiones el país. Pero sobre todo su sistema es un retrato de la “arquitectura de prestaciones” —al decir de Pedro Vázquez Colmenares— de otras empresas públicas, gobiernos estatales y hasta los militares. Un espejo de privilegios y prebendas de arreglos clientelares, como ya se sabe del de educación, más que sistemas de protección para la vejez.

En efecto, la magnitud del gasto anual de las pensiones de Pemex de 40 mmp es superior al de la UNAM (35 mmp) y al de PGR (17 mmp) o a la de Sectur (siete mmp). El peso de esas obligaciones son una “bomba de tiempo” para las empresas y finanzas del país, ya que en la aprobación de la Reforma Energética se hizo el compromiso de convertir el pasivo laboral en deuda pública a condición de una reforma laboral en la empresa.

Nadie puede estar en contra de las pensiones de los trabajadores del Estado, pero los de Pemex son una élite con edad de retiro de 55 años —como los griegos—, frente a 65 años en el IMSS o ISSSTE. También con jubilaciones muy superiores y sin contribución obligatoria a pensiones. Esas condiciones, por supuesto, se agravan con los cambios demográficos y la mayor esperanza de vida en el país.

Desde hace una década hay evaluaciones al fondo de obligaciones laborales de Pemex, pero ninguna propuesta para reformar el sistema ha prosperado. En 2010 y 2012 hubo negociaciones con Calderón para tratar de “nivelar el barco” con nuevas cuentas individuales, ahorro voluntario y bajar la edad de jubilación, que el sindicato rechazó porque prefirió vender la reforma al nuevo gobierno más cercano de Peña Nieto. Ambos gobiernos han carecido de estrategia para debilitar la capacidad de negociación del sindicato por el temor a la inestabilidad política y el costo electoral, aunque saben que Pemex no podrá modernizarse con su actual presión financiera y deuda.

El sindicato no parece tener prisa, a pesar de que los trabajadores están en el aire porque el rescate está condicionado a la reforma y porque la inacción a quienes perjudicará es a los trabajadores. Aunque son lo último que importa a sus líderes.

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