Columna

Los Signos Divinos Llevan A La Fe

El Evangelio de hoy, Juan 6,1-15 describe un acontecimiento muy llamativo: el dar de comer a una multitud con unos pocos panes y peces. Este hecho de la multiplicación de los panes estaba muy arraigado en los primeros creyentes en Cristo Jesús. Tan es así, que la narración aparece en los cuatro evangelistas (Mateo, Marcos, Lucas y Juan).

Sin embargo, hay que mencionarlo, la versión de san Juan tiene algunas particularidades. Una de estas características propias es que la comunidad elige a Jesús por los “signos” (en griego, semeia) que ha visto. La razón es obvia: los signos de Jesús deben llevar al reconocimiento y aceptación de Jesús.

Juan no indica dato cronológico (la hora del día), pero sí menciona que “está cerca la fiesta de la Pascua”. Esa alusión es una clara mención de que Jesús será sacrificado como el cordero pascual.

Si hacemos caso, los gestos y palabras de Jesús en la última cena se describen en la narración de la multiplicación de los panes; a saber: Tomó los panes, dando gracias, los distribuyó.
El salmista (144) reconoce que Dios da de comer a todos sus hijos a su tiempo. Hacia todos, el Señor es generoso y “les abre la mano”. Con su paternidad, Dios sacia de favores a todos los vivientes.

A propósito de la acción de gracias de Jesús (la oración), Juan Crisóstomo escribe: “Jesús ora para manifestar que aquéllos que comen, deben dar gracias a Dios. O de otro modo: ora en las cosas pequeñas, para que se vea que no se ora por necesidad Porque si necesitase orar, esto lo haría con mucha más razón en los milagros de mayor importancia… y, por tanto, Jesús no oraba cuando hacía algún milagro en secreto, pero ora en presencia de muchos, para que no crean que es enemigo de Dios”.

El mandato de recoger lo sobrante encaja muy bien en el Evangelio de Juan: no se debe perder ningún hombre de los que el Padre le ha confiado (Cf Jn 11,52; 17,12). El signo de la multiplicación de los panes provoca una confesión de fe: Jesús es el profeta.
El signo, sin embargo, puede correr un peligro. El signo puede ser mal interpretado, quedarse éste sólo en lo sensacional, apantallante, que causa admiración, pero que no lleva a la fe.

LA GRANDEZA DE JESÚS

Puede, además, el signo provocar una reacción “triunfalista”. Jesús se da cuenta de esa manera de reaccionar. La gente lo quiere nombrar democráticamente Rey, debido al hecho portentoso. Jesús, empero, se retira al monte. En el silencio de la soledad difumina los grito de exaltación, y rechaza el intento de ser coronado rey.

En la narración evangélica es Jesús quien toma la iniciativa, y es el personaje protagónico. Personalmente Él distribuye el pan y los peces a todos los que estaban sentados.

A diferencia de Mateo, Marcos y Lucas, donde se recalca la misericordia de Jesús por la gente, Juan se preocupa exclusivamente, en la narración de la multiplicación, por la auto-revelación de Jesús. Tenemos latente, ya desde aquí, lo que se hará patente a lo largo del capítulo, la comparación entre Jesús y Moisés.

Esta intuición de san Juan, de parangonar las figuras de Jesús y Moisés va a inspirar, sin sombra de duda, a los diversos artistas que colaboraron en decorar las paredes laterales de la Capilla Sixtina, en el Vaticano.

Pero hay que decir, que en la comparación viene la superación y el reemplazamiento. La mención de la Pascua, además del significado que ya apuntamos, evoca el desierto, el acontecimiento liberador de Israel, el Éxodo. Se halla de nuevo implícita la comparación Moisés-Cristo.

¡Compartamos en familia los dones divinos!

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