Columna

Homilía dominical, El pan del desierto

El desierto tiene un significado simbólico: es el lugar del encuentro entre el pueblo de Israel y Dios. Para los profetas, la etapa en el desierto es una época idealizada. Se va a comparar como la época del amor fiel y purificado entre Dios y el pueblo. Así lo interpretan los profetas, aunque en la realidad no fue así.

El pasaje de este domingo (Ex 16) versa, a propósito, sobre la carencia de sustento y sobre su remedio con envío de codornices y de maná. No falta, en esta narración, la queja de los israelitas contra Moisés y Aarón por la falta de carne y de pan.

La lamentación del pueblo se da entre Egipto y el monte Sinaí. Según el anuncio, el pueblo recibirá “pan del cielo”, o una suerte de sustento inesperado y gratuito, que a la vez será don y prueba. Va, en efecto, acompañado del mandato de recoger (trabajar) cada día para el día, y sólo el día sexto (sábado) para dos días.

El mandato apela a la obediencia y también a la fe. El don de Dios no puede nadie apropiárselo, hay que esperarlo, como un regalo, en cada hora.
Dios está con el pueblo. El signo es la nube que les acompaña y protege. Dios es providente, les alimenta, les cuida, les protege. El pueblo, en cambio, es rebelde, quejumbroso y murmurador.

El hombre es religioso por naturaleza, por la naturaleza que Dios ha creado en el hombre. Pero en ese corresponder a la leyes divinas inscritas en los más profundo e interior del ser humano, el hombre, no pocas veces, erra y resbala en infidelidades. Y en vez de adorar al único y verdadero Dios, el hombre erige ídolos, a quienes tributa su pleitesía.
Luigi Giussani escribe: “La libertad es la relación con el infinito, con Dios. Es la realización de la relación con el Misterio. La vida es el dominio de la libertad (imperfecta). En esta vida se puede elegir lo inadecuado”.

Acerca del maná, que Dios da al pueblo en el desierto, podemos decir que es una sustancia que emana de un árbol. El nombre científico del árbol de tamarisco es tamaris mannifera. Ese produce una resina comestible.

Pero no hay que buscar meras explicaciones naturales. El texto bíblico, lo que bien evidencia, es la providencia de Dios en el conceder el alimento al pueblo hambriento como un don maravilloso (cf. Num 11,7ss; Dt 8,3).
El nombre de “Maná” procede de la pregunta: “¿Qué es esto?” (en hebreo, Man-hú).

La pregunta es expresión de la maravilla que despierta. Su naturaleza en el sentido del relato se define en la respuesta: “Es el pan que el Señor les da a comer”.

JESÚS ES EL PAN BAJADO DEL CIELO

Dios les había dado a los Israelitas en el desierto el Maná, pero también les exigió un “trabajo”, unas leyes qué cumplir. Ahora, Jesús, el Pan bajado del Cielo, no da leyes. Él va a pedir algo más: Este es el trabajo que Dios quiere, que den adhesión al que Él ha enviado.

Jesús pide adhesión a su persona y a su proyecto: que lo acepten a Él como el “verdadero Pan del Cielo, el Pan que baja de Dios y da vida al mundo”.
Jesús no viene a resolver ningún problema particular; Él ofrece una respuesta global a la vida del hombre, y se da como alimento para que esa vida crezca y se fortalezca, y los hombres y mujeres puedan saciar todas sus aspiraciones.

Jesús, como maná bajado del cielo, acaba con el hambre, pero también satisface el deseo de amar y sentirse amado; aplica la justicia, da ternura, propicia la armonía y fraternidad entre sus semejantes. ¡Señor, danos siempre de ese Pan!

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