Columna

Homilia dominical, Dios no abandona a su profeta

Mons. José Francisco González González
XIV Obispo de Campeche

Elías, el profeta de la defensa del Dios único en contra del politeísmo, teme por su vida. La reina Jezabel le había puesto precio a su cabeza. Y Elías huye, “tuvo miedo” (1Re 19,3), y se fue para salvar su vida.

Elías se encuentra solo. Similar situación va a experimentar Jesús. No les queda otra opción que ponerse en las manos de Dios.

Viene a caso la experiencia del Salmista, quien exclama: “Encorvado, abatido totalmente, sombrío ando todo el día… me traquetea el corazón, las fuerzas me abandonan, y la luz misma de mis ojos me falta… Que en Ti, oh Dios, yo espero. Tu me responderás.. No me abandones, Dios mío, no estés lejos de mí” (cf. Salmo 38).

El desaliento, en tiempos de prueba, es una tentación clásica del profeta. Así aparece en la vida de Moisés (Núm 11,15), en Jonás ( 4,3-8), en Jeremías (10-11) y en Jesús, el profeta por excelencia (cf. Mt 26,36-46).

Dios no abandona a su profeta. Así como Dios dio de comer el maná en el desierto (1ª lectura de la semana pasada), ahora da el alimento a Elías para proseguir en su camino.

La huida se convirtió luego en caminar desorientado por el desierto a la manera del autómata que marcha sin rumbo fijo. Pero nada escapa de la mirada divina, y lo que parecía un sin-finalidad, se convierte en una auténtica peregrinación hacia los lugares santos del reconocimiento al Dios único.

En el comienzo del viaje: un vulgar miedo. Al final: toda la fuerza de la montaña santa que actuaba sobe el alma del profeta a la manera de un poderoso imán.

En la vida de Elías, el viaje al Monte Horeb es todo un símbolo: es la vuelta a las fuentes de la fe pura. En el Horeb, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob se había empezado a revelar bajo el nombre de Yahvéh (Ex 3,6); el Horeb o Sinaí había sido el monte de las confidencias entre Moisés y Dios (Ex 33). En ese monte santo se había, también, sellado la alianza.

DEL ABATIMIENTO AL GOZO

El peregrinar de Elías no es tanto el desplazamiento en sí. El autor, por otro lado, lo que describe es la experiencia humana, que pasa por una serie de altibajos, bien reflejados en las actitudes y sentimientos que se suceden en el ánimo de Elías a lo largo del camino; es decir: miedo, tedio, hastío, hambre, desesperación, conciencia de culpabilidad y, después de comer e hidratarse, ilusión por seguir caminando hasta el monte donde Dios se le va a mostrar.
La acción de Dios adopta sistemas precisos: en primer lugar, una larga marcha del hombre al fondo de sí mismo. Elías peregrina simbólicamente 40 días. Un tiempo suficiente para que tenga oportunidad de despojarse de todo lo que creía necesario.

Después del tiempo viene un poco de pan para comer y agua para beber. Eso refiere a la intervención fundamental de Dios, y el pan y el agua no es ya sustentar la vida física, sino estructurar toda la vida en torno a una actitud muy firme: la apertura a la iniciativa de Dios, siempre presente, incluso en la vida de pecado; siempre activo, incluso en una vida en caída libre.

El papa Francisco escribe en El Gozo del Evangelio: “Una de las tentaciones más seria que ahogan el fervor y la audacia es la conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre. Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo” (EG 85). ¡¡Proclamemos siempre las grandeza de Dios!!

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