Columna

Dios suscitará pastores

Históricamente está a punto de caer un rey de Israel, Sedecías. Este rey fue impuesto por Nabuconodosor de Babilonia, cuando venció al rey Joaquín (aprox. 598 a.C). Por eso, al rey títere le puso el nombre: “Dios es mi justicia” (Sedecías).

Jerusalén está cercada. Los enemigos están al asedio. La palabra profética de Jeremías que conminaba a la conversión no fue escuchada; todo lo contrario. Fue motivo de mofa, burla y desprecio, por parte de las autoridades y del pueblo.

Jeremías residía en Jerusalén. Su familia pertenecía a la casta sacerdotal. Fue llamado por Dios para ser profeta muy joven. Fue acusado, por su contenido profético, de derrotista; por eso, fue perseguido y encarcelado.

Sedecías era un rey inseguro, quien no hace caso a Jeremías. Más bien oye a sus ineptos consejeros (cf. II Cron 36,12ss). Por eso, en vez de pastorear a su pueblo, como era su deber, lo conduce al desastre total.

Se comienza, en este pasaje, con un “¡Ay!” de amenaza, que abarca tanto a los pastores, sucesores de David, como al pueblo, a quienes ellos han extraviado con la colaboración de las autoridades subordinadas, tanto civiles como religiosas, llevándolos a la apostasía, a la idolatría y, en último término, al destierro (ya inminente).

Todos los últimos pastores de Judá tuvieron un fin trágico. El pueblo se fue al destierro. Rompiendo con la dinastía davídica, Dios mismo se hace cargo del rebaño, de su pueblo, de aquel resto que queda fiel, después del castigo purificador. Y, entonces, en vez de tener un pastor-títere, ilegítimo; ahora tendrá el pueblo un pastor legítimo, justo.

…PASTORES, SEGÚN EL
CORAZÓN DE DIOS…

Dios será rígido con las clases dirigentes, pero benévolo con las ovejas descarriadas. Él las reunirá, las hará volver a su aprisco, la tierra prometida, para que de nuevo crezcan y se multipliquen.

El pueblo es propiedad de Dios (segullah, en hebreo), y no lo abandonará. A su frente, pondrá a nuevos pastores que las pastoreen, pero siempre bajo la guía personal de Dios.

Esta medida provisional será “hasta que lleguen los días”. Con esa expresión clásica de los tiempos mesiánicos, expresa que Dios mismo pondrá a un vástago legítimo de David (ahora lo sabemos, Jesús) para que funja como rey de su pueblo, y sea su legítimo y fiel Pastor.

Esa restauración de la monarquía davídica será por caminos completamente nuevos. Ahora, con el verdadero Pastor (Jeremías es figura de Jesús), los senderos para la conducción de la conducta del pueblo serán: la prudencia, la justicia y el derecho sobre la tierra.

Será una restauración de la dinastía davídica no tanto sobre bases políticas cuanto religioso-morales en base a la Alianza. El nombre de este vástago será, en juego de palabras, Sedecías al revés en hebreo. Sedecías era “Dios es mi justicia”, puesto por el rey de Babilonia. El nuevo rey, puesto por el Señor, se llamará “Dios es nuestra justicia” (cf. Final de la lectura del profeta). Es el cambio del egoísmo a la caridad.

El reino mesiánico no se fundará en la violencia, sino en la sabiduría y en la justicia. Por eso, llamarán al Mesías: “El Señor-nuestra-justicia”.

Este nombre significa que Dios establecerá el Derecho; es decir, el orden moral y social del pueblo, la salvación.

Esto supone que el pueblo conocerá a Dios por la acción de Dios, por su obra salvadora, por la sabiduría y la justicia que se manifestarán en el Mesías. ¡Señor, danos vocaciones según tu corazón!

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