Como es sabido por quienes siguen el comportamiento de la economía y las finanzas públicas, la situación de quiebra que enfrenta Pemex se explica, en una muy buena parte, por el monto de los pasivos laborales que desde hace muchos años arrastra esa empresa productiva del Estado; aquellos, para qué darle vueltas al asunto o buscarle glándulas mamarias a los oficios, son resultado de un Contrato Colectivo onerosísimo que estimula la baja productividad, y un Régimen de Jubilaciones y Pensiones carente de toda viabilidad financiera.

Mientras que en otras áreas de la economía se han concretado cambios en los sistemas de pensiones, que su inviabilidad hacía obligados, en Pemex las cosas se habían mantenido —hace unos cuantos días todavía—, como si para dicha empresa el tiempo se hubiere detenido —para no irnos muy atrás en el tiempo—, en los años sesenta del siglo pasado.

Las aportaciones del trabajador para el Fondo de Pensiones han sido nulas y, lo peor de todo este desastre, es que para aquellos trabajadores y empleados con una antigüedad mayor a los 15 años seguirán siendo cero. Otro absurdo que se mantendrá, no obstante la evidencia que lo demuestra, es dejar de lado la nueva realidad demográfica del país que muestra que la esperanza de vida actual es de casi 80 años, el requisito para pensionarse se elevará de los 55 años actuales a 60. Como diría el cínico, ¡qué chulada de país!

Transcribo el párrafo correspondiente del Boletín 104 de este 11 de noviembre, que a la letra dice: La modificación al régimen pensionario reflejará así las condiciones actuales de esperanza de vida en el país, ya que los parámetros hasta ahora vigentes se definieron en la década de los 40, tras el surgimiento de Petróleos Mexicanos.

¿A qué se debe que por más de setenta años no hubiera habido la decisión del Estado mexicano de modificar lo que ya en los años sesenta del siglo pasado era un absurdo demográfico y financiero? ¿Por qué esperar tantos años ante un proceso de daño a las finanzas públicas y primeramente a las de Pemex? ¿Quiénes fueron los responsables de este daño al país?

Por otra parte, debe decirse que en este acuerdo, limitado y sin efecto práctico alguno en la situación general de Pemex, debió involucrarse el mismo secretario de Gobernación porque, dicen los enterados, la oposición a cualquier cambio por parte del Sindicato era un obstáculo insalvable.

Hoy, a una semana después, nada sabemos más allá de la generalidad del boletín de prensa. ¿Por qué la opacidad? ¿Por qué mantener a millones de mexicanos —dueños de esa empresa—, de los pormenores del acuerdo? Por ejemplo, ¿bajo qué condiciones operarán las cuentas individuales de los trabajadores y empleados de nuevo ingreso? ¿Cuáles serán las que regirán para los trabajadores y empleados en activo, que se acojan al sistema de cuentas individuales? ¿Qué porcentaje aportará el trabajador y el empleado, y cuál el que aporte la empresa?

Como vemos, un problema que prácticamente ha significado llevar a la quiebra a Pemex, sólo mereció un boletín. ¿Tan fácilmente se alcanzó dicho acuerdo?

¿Conoceremos, algún día, los detalles de lo acordado? Pienso que jamás. ¿Y usted?

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