POR: Mons. José Francisco González González
XIV Obispo de Campeche

¡Felicidades a la Ciudad san Francisco de Campeche, por su 475º aniversario fundacional!

Litúrgicamente celebramos el domingo XXVII del tiempo ordinario, pero también es día 4 de octubre, día de san Francisco de Asís, el santo católico más reconocido, aún fuera de las fronteras de la Iglesia.

San Francisco es un santo atípico y enigmático. Nace en 1182 y muere en 1226. De ningún santo se ha escrito tanto como de él, rebasando el marco de la literatura piadosa.

Por este santo se han interesado historiadores, literatos, teólogos, sociólogos, filósofos, artistas, cineastas, etc. Entre los admiradores hay católicos, protestantes, ortodoxos, heterodoxos, racionalistas, masones, panteístas, ecologistas e, incluso, ateos devotos.

A la lista de fans podemos añadir conservadores, reformistas, tradicionalistas, revolucionarios, místicos. En San Francisco ellos y más se apoyan para justificar sus tesis o antítesis, sus actitudes y sus contradicciones.

Paradójicamente, quien ha dado tanto que decir, se propuso hablar poco y escribir menos. Gracias a Dios que a un personaje no se le distingue por sus palabras o por sus escritos (de otra manera poco habría qué decir de san Francisco), sino, sobre todo, por sus obras, gestos, actitudes, insinuaciones, incluso por sus silencios.
El Pobrecillo de Asís impacta por su simpatía, sencillez, humanidad y bondad. Su personalidad evoca serenidad, humanidad y poesía. Cautiva por su nobleza, ternura y desinterés.

Ha sabido sincronizar admirablemente santidad con poesía, canto con sufrimiento, alegría con pobreza, amabilidad con austeridad, Evangelio con humanidad, inmanencia con trascendencia, mística con acción, religión con los problemas más sangrantes de la vida.

Caballero de la fe
Francisco de Asís es el caballero de la fe que avanza sin doblez y sin arrogancia, aunque con audacia y decisión, hacia los fines que se propone. Desprecia las mentiras piadosas, desconoce los pensamientos mediocres. No soporta la vulgaridad, no le van los subterfugios fáciles ni los escrúpulos excesivos; en otras palabras, no es de su estilo ‘hacer la barba’

Sabe respetar a todos aquellos que sobresalen, en lo que sea, sin ser su halagador. No necesita halagar a nadie, pues desprecia los bienes temporales y no tiene ninguna pretensión de grandeza ni afán alguno de escalar puestos relumbrantes en la sociedad o en la Iglesia, pues entiende que la misma existencia es ya gracia y nobleza. Y vivirla con grandeza de espíritu es el mejor honor que se le puede tributar.

El fundador de los franciscanos huye de servilismos, aunque trata de servir a todos, y desenmascara las lisonjas de los aduladores y de los serviles. Logra ser totalmente libre sin hacer concesiones al egoísmo ni a la extravagancia. Es un aristócrata del espíritu y gran señor de un alma fina.

Con exquisita cortesía hacia todos supo ofrecer su afecto sin discriminaciones, pero con preferencia hacia los apestados de entonces, como eran los leprosos y los pecadores.

Incluso es cortés y benévolo con los salteadores de los caminos. Atiende y escucha al más ínfimo de sus semejantes. A todos trata con respeto y a todos habla con cortesía y amabilidad.

Francisco de Asís es un santo sorprendente y atípico en una sociedad programada, como era la medieval, con lacerantes divisiones entre clases de buenos y malos, rico y pobres, honorables y sospechosos, ortodoxos y heterodoxos, cristianos y herejes.

Finalmente, una de las más grandes virtudes del Santo de Asís fue haber sabido armonizar el realismo humano con el optimismo cristiano.

Él admira la grandeza del ser humano, pero no se escandaliza de la fragilidad humana, pues sabe que en la persona se encuentran misteriosamente conjuntados la cima y el abismo, lo bueno y lo malo, la gracia y la desgracia. Si el ser humano no es luz, al menos es penumbra luminosa.

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