Columna

Prepararse, es convertirse

Vamos en el camino de preparación a la venida del Señor (el Adviento). Vamos en la segunda semana, y hoy aparece la grande figura del Precursor, Juan el Bautista. Su presencia nos ayuda a centrar el tipo de preparación que debemos ir elaborando para bien preparar a ese Jesús, el Emanuel, que viene a nacer y a habitar en medio de nosotros.

En el comienzo está Juan el Bautista. Eso quiere decir que Jesús no brota de la nada, no parte de la nada sino que se sustenta en el camino concreto de la historia judía de la época.

El Evangelista Marcos empieza con la figura y con el mensaje de Juan el Bautista, porque la historia de Jesús, que está por comenzar, va a ser distinta a las tradiciones que implantaban los escribas y los fariseos, quienes se quedaban en los aspectos legalistas de la herencia judía.

También, Marcos se desmarca de la clase sacerdotal judía. Ella pretendía (con éxito) controlar y dirigir el culto en el Templo de Jerusalén. Otro grupo, con tinte político, los herodianos, apoyaban la política de restauración nacional bajo el poder de los romanos. Tampoco es motivo de inicio del Evangelio, la postura de los celotas, quienes se ostentaban como defensores de la independencia social y religiosa de Israel.

El Evangelio de Jesús no empalma con ninguno de ellos. Su auténticas raíces brotan de la profecía de Juan el Bautista. Allí está ubicado el “inicio”. Juan es un profeta de conversión, de cambio, de vida genuina. Su fuerte y coherente personalidad prepara el camino de Dios en el desierto (cf. Is 40,3).

TRES MODOS PARA RECIBIR LA GRACIA
Podemos situar tres lugares, que aluden a sendos rasgos del más grande hombre, nacido de mujer, Juan el Bautista. Primeramente, “el desierto”. Este lugar alude al nacimiento del pueblo israelita, quien pasó 40 años por el desierto.

El desierto es austeridad, retorno, dureza de la naturaleza. Es el espacio de la prueba o de la tentación intensa.
El segundo lugar geográfico es el “Río Jordán”. El río, en este caso, no es signo de fertilidad, sino de bautismo y conversión. El agua del río pertenece al desierto: no sirve para dar vida, sino para confesar los pecados y esperar el perdón.

El tercer espacio es “el camino”. El profeta del desierto y el río preparan el paso del Señor. San Jerónimo explica que quien se ama a sí mismo y no ama al prójimo, se aparta del camino. Pues muchos obran bien, pero no corrigen a otros hacia el camino del bien, como Helí (1 Sam).

Jesús, el Señor, que viene y pasa, pedirá, después, a sus discípulos que los sigan (1,16-20). Con su actitud de penitencia, Juan vino a preparar esa novedad de Jesús; es decir, su camino mesiánico.

Hay que anotar que la humildad de Juan es real. No se cree, ni siquiera, digno de ser “siervo” de Jesús (desatarle las sandalias para que pueda reclinarse en la comida). Él bautiza con el agua del río que pasa a través del desierto, haciendo que los hombres se conviertan y reciban el perdón. Juan se limita a poner a sus contemporáneos ante el espejo del propio pecado, dejándolos así en manos del juicio de Dios.

Llama la atención la ‘naturalidad’ del inicios del Evangelio de Marcos. No hay aparición de ángeles celestes. El ángel mensajero que prepara la venida de Jesús, por la dignidad del oficio, es Juan el Bautista (Cf. Mal 3,1), ángel de conversión que abre el camino para que después brote la gracia. ¡Felices fiestas guadalupanas!

Mons. José Francisco González González
Obispo XIV de Campeche

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