Columna

La ternura saber dar y compartir

Mons. José Francisco González González.

XIV Obispo de Campeche

 

¡Señor, danos un corazón grande!

Hablar de ternura en una perspectiva religiosa significa verificar los contenidos vitales del evangelio del amor, en respuesta a la ternura de Dios-Trinidad y a la exigencia de una ternura para con el prójimo  y para con el mundo.

La caridad es el fundamento de la ternura; la ternura impide a la caridad reducirse a una moral del deber o del “mínimo necesario”, ofreciéndole el corazón, un corazón palpitante, acogedor, que sabe dar y compartir, capaz de com-pasión, de benevolencia afable y de amistad gratuita.

Lo específico de la ternura es que implica nuestra dimensión corporal y la sensibilidad afectiva. Si el amor de caridad es puro don, la ternura implica la tensión a hacerse don.

La ternura representa la envoltura del amor, el clima de atención y de efusión afectiva, que el amor precisa para poder manifestarse y actuar cumplidamente.

Si se carece de este elemento, la caridad del Evangelio correría el riesgo de romper con la historia, reduciéndose a un gesto meramente material, viéndose privado de aquel calor vivo, de aquella cordialidad afectuosa que indica su valor humano, de verdadero interés por el otro.

Además, la ternura se plasma como amistad. este es uno de los aspectos de no poca importancia que la ternura aporta a la caridad.  Así pues, la ternura implica sentimiento y no sólo razón.

La ternura no sólo es un ‘pensar’ seco y abstracto, sino que también está impregnada de afecto, de sensibilidad cargada de afecto.

La ternura, pues, apela a la caridad como a su vida y su meta. El testimonio de ternura que vivió cristo nos lo ofrece el Nuevo Testamento como forma típica de la caridad que los discípulos se comprometen a realizar en el mundo como testimonio del Reino.

El discurso cristiano de la ternura es inseparable del mensaje neotestamentario del amor, así como de la imagen de la cruz que lo condensa en sí misma y lo proclama.

La ternura del amor de Dios-Padre, revelada en el rostro de su Unigénito encarnado, se convierte en testimonio del amor tierno que los cristianos están llamados a realiza entre sí y con todos los demás, incluso con los enemigos.

 

MISERICORDIOSOS COMO EL PADRE

Lo que dice la Bienaventuranza: “Sean misericordiosos, como el Padre es misericordioso”, se convierte en una orden dirigida a la conciencia más profunda de los bautizados, para que se conviertan en “signo viviente” de la ternura de Dios entre los hombres.

El “mandamiento nuevo” de Jn 13,34 dice que no basta con tener para con los demás una ternura análoga y proporcional a al que cada uno siente por sí mismo; se requiere una ternura nueva, según el modelo de la ternura misma del Maestro, Cristo, en el acto de lavar los pies a los suyos como anuncio previo del acontecimiento pascual

Sin la comprensión del contenido evangélico del amor no es posible percibir el contenido religioso de la ternura.

 

 

 

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