Columna

La luz de la fe

Cada vez estamos más cerca de la navidad. El tiempo de adviento nos sigue ayudando a preparar la venida del Señor, el Emmanuel, el Dios con nosotros. En esta ocasión no vamos a tocar algún tópico del pan de la Palabra que nos ofrece la liturgia dominical.

Queremos, más bien, aludir a la fe manifiesta de tantos peregrinos guadalupanos en estos días de diciembre. Llama notablemente la atención la forma y el fondo de la fe de los antorchistas guadalupanos.

En su marcha ostentan varios valores evangélicos, a los cuales conviene aludir. En primer lugar, el sentido de pobreza y de confianza en la Providencia. Ellos parten de sus lugares de origen para ir visitando capillas, iglesias y santuarios dedicados y consagrados a la Virgen de Guadalupe.

No llevan, por así decir, una ruta bien trazada y calculada en tiempos. No van resguardados, en la mayoría de los casos, por vehículos o personas “ad hoc”. No llevan siempre ni los víveres ni los atuendos necesarios y apropiados. Las bicicletas non son de calidad óptima, a veces, ni siquiera de calidad ‘pasable’, para afrontar la ruta de cientos de kilómetros (para muchos, más de mil).

Ellos se ponen en el camino de peregrinación poniendo su confianza en Dios, en su Providencia divina.

Otro valor evangélico es el del sacrificio. Los peregrinos afrontan jornadas de más de cien kilómetros por día. Para tener un poco de luz eléctrica, tienen que adaptar algunos focos con una batería de auto. El peso de la bicicleta aumenta considerablemente. Duermen poco. Comen poco. Beben poco. Sin embargo, se comportan con un heroísmo de atletas de la fe.

Llevan poca ropa. El sudor se adhiere al cuerpo. Varios días, a lo mejor, sin poder encontrar una regadera para refrescar y limpiar el cuerpo. Por si fuera poco el sacrificio, algunos se cargan a la espalda grandes esculturas de la Virgen de Guadalupe. Lo incómodo que eso resulta. Pero el amor por la Morenita del Tepeyac los anima y fortalece.

Cuando la bicicleta se descompone, entonces, tienen que arrastrar todo el peso por quién sabe cuánta distancia, hasta que encuentren un poblado o un buen samaritano que les tienda la mano.

Otra virtud que demuestran es el sentido comunitario de la fe. Se agrupan; se uniforman; se preparan para la aventura con oración; se ayudan; comparten. Entran a las Iglesias guadalupanas juntos. Se hincan. Oran en unión.

Y con todo esto, ¿qué ganan? ¿qué pretenden? Sólo mostrar su amor filiar a la Virgen que quiso quedarse en la Tilma de Juan Diego. No buscan fama, reconocimiento, retribución económica, alabanza.

Ellos, simple y llanamente, a lo mejor sin ser conscientes del todo, evangelizan con su peregrinación. Ostentan a tantos viajeros y a tantos habitantes de los poblados que vale la pena vivir la fe y alimentarla de: sacrificio, oración, confianza en Dios y vida comunitaria.
En nuestro Santuario de Guadalupe (Campeche) la gente se volcó en generosidad y en servicio para ofrecer alimentación y acogida a los miles de peregrinos que visitaron la Ciudad.
¡Dios les recompense! ¡Dios les bendiga!

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