Columna

La historia entre Enrique Peña Nieto y Maritza Díaz

La historia entre Enrique Peña Nieto y Maritza Díaz Hernández comenzó en el Estado de México. Ella, licenciada en administración de empresas, trabajaba para el gobierno local cuando el joven funcionario llegó a la administración de Arturo Montiel Rojas.

Él estaba casado con Mónica Pretelini y ella tenía novio. Era funcionaria de la Secretaría de Finanzas. Cuenta que, durante meses, se resistió al cortejo que inició Peña Nieto. Él se encaprichó con ella. Insistía en salir, la invitaba constantemente, le enviaba flores. La cortejó todo ese tiempo hasta que ella finalmente aceptó.

La llamaba varias veces al día, la buscaba en la oficina. Cualquier oportunidad era buena para verla. La relación duró nueve años. Más adelante, el político mexiquense cambió de esposa, pero no a su compañera sentimental. El romance empezó sin planearlo. Él era un hombre típicamente infiel. Se sabía que ya había tenido otras relaciones extramaritales.

De su esposa Mónica no hablaba, aunque se quejaba de no ser feliz con ella. Su matrimonio era una relación para las convenciones sociales, una pantalla. En realidad aquello no funcionaba desde hacía años. Y Maritza prefirió siempre no meterse en la intimidad conyugal, ni preguntar. Con el paso de los meses, se enamoró perdidamente de él. Dejó a su novio. Y decidió asumir un papel que jamás imaginó para ella: el de amante. Al principio era la amante de un funcionario destacado de la administración de Montiel; después se convirtió en la amante del Gobernador del Estado de México. Poder y clandestinidad.

El coctel de adrenalina estaba servido. Sus encuentros amorosos eran cada día más intensos. Se amaban con locura. En las noches de pasión, él le repetía que era la mujer de su vida, el amor más importante. Más aún, le aseguraba: “Terminaré envejeciendo contigo. Vamos a terminar unidos al final”. Diego llegó sin planearlo. Fue un embarazo muy lindo.

Enrique se mostró feliz, entusiasmado de tener un hijo. Después de Alejandro, llegaría otro varón. La llenó de atenciones, de cuidados. Estaba siempre al pendiente de sus necesidades pero, a medida que se acercaba la hora de dar a luz, sus temores aumentaban. Un día, Arturo Montiel la mandó llamar a su despacho. Le dijo a bocajarro que ese niño no podía nacer en México y le ordenó por el bien de Enrique que se fuera a tenerlo a Estados Unidos. Fue muy difícil. Maritza accedió y estuvo sola durante el parto. Él llamaba por teléfono para enterarse de los detalles. En el extranjero, sin su pareja, las circunstancias adversas motivaron a Maritza a registrar a su hijo Diego con sus apellidos.

El niño es estadounidense y tiene la doble nacionalidad. También en México la madre optó por ponerle sus apellidos para no obligar a Peña Nieto a tomar una decisión no deseada. Cuando Maritza y Diego regresaron a México, Enrique organizó todo para que no les faltara nunca nada. Acudía constantemente a ver a su hijo. Estableció una relación paternofilial acorde a su situación. El amor entre Enrique y Maritza aumentó, se consolidó. A pesar de que Enrique era viudo, jamás le propuso matrimonio. Maritza tenía claro que al término de su periodo como Gobernador sería inminente la puesta en marcha de la operación para llevarlo a Los Pinos. Televisa tenía todo preparado, incluida la esposa, una actriz de telenovelas. Para Maritza fue un duro golpe enterarse de que su amante sostenía una relación “seria” con la actriz.

En sus planes nunca había estado ser candidato a la Presidencia de la República. Fue el elegido de su padrino Arturo Montiel y Carlos Salinas de Gortari. Aquello dio un vuelco a la vida de ambos, a su vida en común. Cuando ella se enojaba, él la buscaba desesperadamente, incluso saltaba por la barda de su casa para verla. —Eres como una droga —le decía mientras la besaba apasionadamente—. Seguiremos juntos, como siempre, juntos hasta el final. Peña Nieto aprovechaba cualquier pretexto para estar con ella. Llevaba una doble vida. Por una parte, Angélica y los reflectores, y por otra, Maritza y la clandestinidad, esa adrenalina, ese delirio que no lo dejaba vivir en paz, ni alcanzar el sosiego necesario para conducirse con propiedad en su trabajo, en su nuevo objetivo. Su fama como buen amante le precedía. Maritza sabía que había sostenido relaciones con otras mujeres, durante y después de la muerte de su esposa. Entre sus otras amantes destaca Yessica de Lamadrid Téllez, quien trabajó en su campaña para gobernador del Estado de México en 2005.

La relación fue intensa. Una noche, Enrique la llamó llorando. El hijo que había tenido con Yessica había fallecido de cáncer, tres semanas después de la muerte de Mónica Pretelini. Estaba desolado, sin poder hablar.

Las amantes se convierten en amigas, confidentes. Se supone que ellos no tienen necesidad de mentir. Aun así, Peña Nieto era un mentiroso. Y Maritza lo sabía. Para ella fue muy difícil aceptar que la primera novia oficial después de que quedó viudo fuera la regiomontana Rebecca Solano de Hoyos, conductora del programa de televisión TransformaT. Rebecca aparecía con él en actos oficiales, la prensa la mencionaba como pareja oficial e incluso se hablaba de boda, pero el idilio duró poco. No fue la única. Hubo más, muchas más, unas más duraderas, otras fugaces. Entre sus affaires más sonados está Nora Sotocampa González, heredera de un negocio maderero.

Él la mostró públicamente después de su rompimiento con Rebecca, incluso asistieron juntos a la boda de la hija del senador Manlio Fabio Beltrones en junio de 2008. Maritza sabía que Enrique siempre sostuvo relaciones paralelas. No era gratuita su fama de mujeriego, de conquistador. A pesar de todo, él llegaba invariablemente al lecho de Maritza. Perpetuamente volvía a sus sábanas. Ella estaba segura de que la historia de amor entre ambos era tan sólida que trascendía cualquier vínculo pasajero o duradero que él tuviera con otras mujeres.

En abril de 2008 el destino de ambos cambió: Enrique conoció a la que hoy es su esposa. Angélica Rivera era protagonista de la telenovela Destilando amor y fue llamada a la oficina del entonces Gobernador del Estado de México, ubicada en las Lomas de Chapultepec.

Le propusieron ser la imagen propagandística de su gobierno para la campaña “300 compromisos cumplidos”. Dos meses después, la actriz aceptó una invitación de Enrique para cenar: “La cita fue a las nueve de la noche y yo estaba muy nerviosa porque después de haber tenido una relación de 16 años con mi ex marido, José Alberto Castro, con el que me fui a vivir a los 20 años, en la vida había salido con alguien”, dijo en aquella ocasión la Gaviota a la revista de la prensa del corazón Quién. Angélica Rivera confesó en aquella entrevista que le conquistó “la sinceridad y la honestidad” del Gobernador mexiquense: “Enrique [que enviudó en enero de 2007] también me habló de su vida de una manera muy honesta y sincera. Obviamente lo vi muy guapo, no te voy a decir que no. Nos quedamos desde las nueve de la noche hasta la una de la mañana platicando. La verdad la pasamos muy bien y cuando nos despedimos quedamos en volver a vernos pronto”. Se les vio en público en los restaurantes Philippe y San Ángel Inn. Y finalmente Enrique confesó en el programa Shalalá, conducido en ese entonces por Katia D’Artigues y Sabina Berman, que andaba de novio con la Gaviota. Luego se dejaron ver en la boda de Ninfa Salinas y Bernardo Sepúlveda, en la de Chantal Andere y Enrique Rivero Lake, e incluso acudieron juntos para dejarse fotografiar al estadio Nemesio Díez de Toluca.

El noviazgo entre la Gaviota y Peña Nieto fue corto: año y medio. Luego él le propuso matrimonio. Ella inmediatamente dijo que sí, porque la conquistaron sus detalles: “Los detalles que tiene conmigo. A mí en la vida nadie me había movido la silla para que me sentara. Entonces empecé a ver cosas que nunca había vivido”. Maritza iba leyendo la campaña publicitaria en torno al famoso noviazgo en la prensa del corazón, mientras su relación con Peña Nieto se sostenía como siempre a base de adrenalina y amor. Pero una cosa le preocupó: el anuncio de la boda con la actriz. Algo muy serio se aproximaba.

La inquietó saberse de nuevo en la posición vulnerable de amante. Esta vez, amante del candidato a la Presidencia de la República y muy posiblemente amante del Señor Presidente. Las cosas iban a cambiar drásticamente, pero ella estaba segura de que el auténtico amor que la unía a Enrique podía con eso y más. La relación entre Enrique y Maritza continuó en la clandestinidad, mientras públicamente él desarrollaba a cabalidad, con su amada “prometida”, el papel asignado.

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