Columna

La Gaviota Y Televisa

Maritza asistió a la metamorfosis de Enrique Peña Nieto. Pronto reconoció en él los rasgos de una mercadotecnia aplicada con alevosía y ventaja. Enrique nunca aspiró a ser presidente. En alguna ocasión él mismo le confesó que no estaba en sus planes llegar a ocupar la Silla del Águila. No tenía esas expectativas. Jamás imaginó ser “el elegido”.

Sin embargo, su estrecha relación con Arturo Montiel y Carlos Salinas de Gortari habían dado sus frutos. El joven ex gobernador tenía el perfil exacto de lo que andaban buscando. Los cambios de imagen fueron inmediatos. Su publicitado noviazgo con la Gaviota le irritaba. Era obvio que atrás había una operación propagandística. Pronto adivinó el motor que movía la maquinaria: Televisa. Pero jamás imaginó a qué grado.

La fabricación del candidato a la Presidencia estaba en marcha. Carlos Salinas de Gortari, el gran operador del sistema político mexicano, movía los hilos, mientras Televisa señalaba el momento preciso para darle más popularidad al “elegido”. En diciembre de 2009 fue al Vaticano para armar toda una operación “amorosa” en torno a su prometida. En la Basílica de San Pedro, frente a la imagen de Jesucristo le pidió matrimonio y le entregó el anillo de compromiso.

Y ambos fueron bendecidos con sus respectivos hijos por el Papa Benedicto XVI en audiencia pública, durante la cual el Gobernador le regaló un árbol navideño y un nacimiento hecho por artesanos del Estado de México. La Iglesia legitimaba así al próximo candidato del PRI a la Presidencia de la República. En la numerosa delegación que acudió al Vaticano estaba representada la Conferencia Episcopal Mexicana (CEM) con un grupo de 11 obispos encabezados por su presidente, monseñor Carlos Aguiar Retes. La novela rosa urdida por Televisa tenía el apoyo de la jerarquía católica. Las fuerzas vivas del poder político y religioso daban su aprobación. Peña Nieto le agradeció personalmente al Pontífice el gesto del Vaticano al anular el anterior matrimonio religioso de Angélica Rivera y José Alberto el Güero Castro.

Y anunció que la boda se llevaría a cabo el sábado 27 de noviembre de 2010. Todo estaba listo para culminar la operación de Televisa de llevarlo directamente a Los Pinos. Su vida privada formaba parte del marketing empresarial y político. Ambos hacían una “bella” pareja, ideal para vender ilusiones a los mexicanos, muy al estilo de la serie televisiva La Rosa de Guadalupe. La trama iba a consumarse con una fastuosa y pomposa boda, violando el Derecho Canónico que estipula que después de una anulación religiosa el segundo matrimonio deberá efectuarse en ceremonia sencilla y discreta. No fue el caso. Peña Nieto y la Gaviota se casaron por todo lo alto en la catedral de Toluca. Ofició la ceremonia el arzobispo de Chihuahua, monseñor Constantino Miranda, a quien se le escogió por haber sido obispo de Atlacomulco.

Cumplieron el rito. Él le juro “amor eterno” y serle “fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad”. Los protagonistas de la ceremonia fueron los hijos de la pareja. Paulina, la hija mayor del gobernador mexiquense, entregó a su padre, mientras que su hijo Alejandro fue padrino de arras y llevó del brazo a Angélica Rivera. Regina, hija de Angélica, le dio el ramo a su mamá; Nicole, la hija más pequeña de él, fue la madrina de Biblia y rosario; Paulina y Sofía fueron madrinas de lazo y Fernanda llevólos anillos. ¿Y Diego? El segundo hijo de Peña Nieto no asistió a la boda. No fue invitado.

La fiesta fue en la Hacienda Cantalagua, en el municipio de Atlacomulco, y asistieron políticos priistas, entre ellos cuatro ex gobernadores, aunque faltaron su padrino Arturo Montiel y el ex presidente Carlos Salinas de Gortari. La primera canción que bailaron fue “Eres el amor de mi vida”, del grupo Camila. Al terminar, los reporteros le preguntaron al gobernador si tendría más hijos con la Gaviota; él asintió y agregó: “Claro que me gustaría tener muchos hijos con Angélica, fruto de nuestro amor. […] Igual ocurre que nos aventamos por ahí un bebé”.

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