El Evangelio de hoy (Jn12,20-33) se sitúa en el marco de la Pascua, la fiesta por excelencia. Ahora están presentes unos, genéricamente, llamados “griegos”. Ya antes Jesús había referido que había “otras ovejas que no eran de este redil”, a las que tenía también que pastorear (cf. Jn 10,16).

Los griegos son no judíos, que llegaron al templo de Jesús para adorar a Dios, con ocasión de la Fiesta de la Pascua. Ellos se acerca a uno de los Apóstoles, Felipe de Betsaida, y le expresan un deseo: “Queremos ver a Jesús”.

Cristo sabe de la noticia por medio de Andrés y de Felipe. Entonces, Jesús retoma el habla, y comenta que “ha llegado la hora”.

En san Juan, “la hora” se refiere a la pasión-glorificación. Sólo a partir de ese momento, la acción salvífica de Jesús se abrirá a todos los pueblos, sin que haya fronteras divisorias. Dios se ha acercado a la humanidad.

Llama la atención que la glorificación se de a través de la pasión. Es como el grano de trigo, que no produce fruto, si no germina y muere a sí mismo. Pero no perece del todo. Tiene que ser sepultado en la tierra, para producir nueva vida

Ya en domingos anteriores (la purificación del templo), Jesús es cuestionado porque expulsa a los comerciantes y cambistas del Templo.

Y los contemporáneos le preguntan por un “signo” de su obrar (Jn 2,18). El texto de hoy nos da a entender que el “signo” requerido es la muerte de Jesús en la cruz. Para ello, emplea un símbolo espacial: elevación sobre la tierra.

MORIR AL PROPIO “YO” ES DAR VIDA A LOS DEMÁS

Esta muerte no es un fracaso, sino todo lo contrario. El que su cuerpo sea sepultado en la tierra, como el grano de trigo germinado, es un motivo de gloria, de triunfo, de victoria.

Si nos adentramos en el texto bíblico, el redactor nos presenta la muerte de Cristo en la cruz como generadora de fraternidad en un mundo dividido por las enemistades y las discordias.

Judíos y paganos (griegos) no podían convivir. Aquéllos excluían a éstos. Jesús, en cambio, habla de un solo rebaño, bajo la guía y conducción de un solo pastor. Si la muerte de Cristo es motivo de supresión del odio que divide a los pueblos, es por eso que la cruz es presentada como triunfo y motivo de glorificación.

Por consiguiente, sólo si el seguidor de Jesús, el discípulo, aprende a morir, entonces podrá generar verdadera fraternidad. Por eso, el mismo Jesús lanza el reto: El que quiera servirme, que me siga, para que donde yo esté, también esté mi servidor.

El discípulo verdadero de Jesús debe aprender a morir, para dar vida. Quien aprende a morir para los atractivos falaces de este mundo, entonces se asegura para la vida eterna.
En el morir, hay muchos modos y grados. El más excelso modo de morir es el que asumió Cristo: La crucifixión; es decir, la privación violenta de la vida.

Pero, contrariamente a lo que se podría pensar, la privación de la vida hace irradiar luz. El autor de la Carta a los Hebreos (5, 9) lo reflexiona así: “A pesar de que era el Hijo, aprendió a obedecer padeciendo, y llegando a su perfección, se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos lo que lo obedecen”.

¡A dar abundante fruto misionero!

 

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