Columna

El Espíritu conduce a la salvación

El Espíritu Santo es el protagonista de la vida de la Iglesia, como lo es en la vida de Jesús. Así, por ejemplo, la concepción virginal de Jesús es obra del Espíritu Santo (Lc 1,35); en el bautismo, allí está presente de nuevo (Lc 3,21s); la vida pública se desempeña bajo la tutoría y presencia del Espíritu (Lc 4, 1ss).

Pentecostés es la manifestación visible del Espíritu, que transforma a los apóstoles de miedosos en valientes. Es el Espíritu quien constituye al grupo de discípulos en testigos ante todos los pueblos. No hay fronteras para la salvación. La dimensión es muy clara. Pedro habla a todas las naciones.

La fiesta de pentecostés, entre los judíos, era la fiesta de la cosecha; un fiesta agrícola de los campesinos. Es la fiesta de la abundancia (Ex 23). El centro del rito consistía en ofrecer a Dios las primicias de la cosecha (Cf. Lev 23,15-21).

A este origen campesino, el pueblo de Israel le dio un rasgo salvífico, pues la relacionaban como el memorial de la alianza celebrada entre Dios y su pueblo.

En tiempo de Jesús, en la fiesta de Pentecostés se celebraba el regalo de la Ley que Dios concede a su pueblo en el monte Sinaí. Ahora, cincuenta días después de la inmolación de Cristo y de su resurrección se derrama el Espíritu sobre los apóstoles.

Homilía dominical

Fiesta de Pentecostés:

la salvación es para todos

Mons. José Francisco González González

XIV Obispo de Campeche

La salvación es posible para todos y todos pueden entenderla, cada uno con sus propias características; o utilizando la misma narración bíblica, “en su propia lengua”.
Lucas, el autor de la narración bíblica, nos presenta un paralelismo entre lo que sucede en Jerusalén en pentecostés, con lo acaecido en el Sinaí, cuando Dios se revela a Moisés y al pueblo durante la experiencia del éxodo.

Aparecen tres elementos significativos: el viento, el fuego y el don de lenguas.
El primero de los elementos es el viento, como nos lo atestigua el relato bíblico (Hech 2,1-4). Es uno de los más antiguos símbolos de la potencia de Dios. Cuando Dios se hace sentir en el monte Sinaí, lo hace a través de un fuerte viento (Ex 19,16ss).

El otro elemento que aparece en Pentecostés es el fuego. Sobre los apóstoles se posan lenguas de fuego. También en la experiencia del éxodo, se aparecía la “columna de fuego”, que guiaba al pueblo de Israel por el desierto hacia la tierra prometida. El fuego, nos lo viene a decir el profeta Isaías, es símbolo de la presencia de Dios (6,5-7).

El tercer elemento es el don de lenguas (en griego,glosolalia) a veces causa confusión en cierto ambientes nuestros. Cuando la biblia nos habla del don de lenguas, no se trata de una distinción, para crear ‘jerarquías’ entre los fieles; es decir, que a unos les da ese don por ser privilegiados. Dios nunca da un don para favorecer la soberbia.

El don de lenguas, que narra Hechos de los Apóstoles, significa la capacidad que el Espíritu comunica a la comunidad para entenderse, para formar comunidad, para balancear y resolver las diferencias personales.

Con estos tres elementos, Pentecostés se presenta, pues, a los primeros cristianos como la inauguración de la alianza nueva y la promulgación de una ley que ya no está grabada en la piedra, sino en el Espíritu.

Celebrar Pentecostés es tener la certeza de que el Espíritu ya no abandona nunca a la comunidad de los discípulos de Jesús.

La Iglesia nace así con un carácter de universalidad. Por eso será misionera hasta el fin de los tiempos, poniéndose al servicio de todas las culturas. ¡Que nada nos robe el ardor misionero!

Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Captcha loading...

*

To Top