Columna

El Envidioso No Sabe Agradecer: JFGG

La parábola de este Domingo, es propia del Evangelista Mateo (20,1-16); es decir, no aparece un texto similar en ningún otro evangelista. La escena está tomada del medio ambiente palestino.

Un Señor, dueño de una viña, necesita jornaleros. Los trabajadores que buscaban algún empleo, se reunían en las plazas para allí ser invitados a trabajar. Algo similar, a los cargadores o estibadores, que buscan un trabajo eventual, por parte de los camioneros transportista en las carreteras, a las entradas de los poblados. A la orilla del camino están, con sus franelas alzadas, esperando que alguien los invite a trabajar.

Mateo quiere subrayar, con esta comparación, que lo dado por el Señor nunca debe ser considerado como un “derecho” adquirido debido a nuestras prestaciones, sino siempre debe ser considerado como un “don” gratuito de la bondad de Dios.

El don, por consiguiente, no puede ser juzgado. Éste sólo es acogido o rechazado. El pago jornal (aceptado por todos) se fijó en un denario al día.

La parábola hace una previsión: Para entrar en relación con Dios es necesario, de entrada, un cambio de mentalidad (en griego, metanoia). Si no hay conversión, el acercamiento a Dios produce escándalo, estupor e incomprensión. Quien no cambia de mentalidad, no va a ser capaz de “entender” el modo de proceder de Dios. En efecto, en la Primera Lectura, el profeta Isaías puntualiza que los pensamientos de Dios no son como los nuestros. Hay mucha distancia y una incomparable distinción.

Jesús toma la imagen de la viña, símbolo de Israel. Pero, Él ofrece lo mismo a los pecadores convertidos, a los paganos, lo mismo que a los primeros llamados. Por esa ‘disparidad’ y no proporcionalidad en el pago, los primeros reclaman: “Esos que llegaron al último sólo trabajaron una hora y les pagas lo mismo”.

En escena aparece un sentimiento típico de los grupos humanos: la envidia. Ella tiene como hijas los celos amargos y la cólera. En este caso, ante la liberalidad de Dios, por su amor, generosidad y misericordia. Dios replica: “¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero?”

El envidioso no alcanza ni tiene la capacidad de medir la bondad con los patrones de la justicia humana. El envidioso carece de un corazón compasivo y sencillo, y, por eso, no logra comprender la gratuidad del don del amor.

Si la manera de dar la paga hubiese tenido ‘otro orden más inteligente’ (según los cálculos humanos) no hubiese habido reclamo. Es decir, si el Patrón hubiese pagado primero a los primeros, y una vez que estos se hubiesen marchado, dar el pago a los últimos, no habría habido ningún problema.

Sin embargo, a propósito no lo hizo así. Porque Jesús, al revelarnos el rostro de Dios que es Padre misericordioso, nos invita a salir de nuestro mezquino egoísmo para entrar en una dimensión, donde el cálculo cede su puesto a la gratuidad.

El mismo cambio en la distribución de la paga indica que los “primeros” son los últimos; y los “últimos”, los primeros. Esa misma paradoja aparece, de manera transversal, en todas las páginas del Evangelio.

Entrar desde el inicio es aprender a amar, para vivir en comunión. Esa es la recompensa, que lleva a la verdadera felicidad.

Escribe un obispo francés (Fenelón, 1651-1715): “No había nada en mí que precediera a sus dones. El primero de ellos, que fue el fundamento de todos los otros, es lo que llamo ‘yo mismo’. Le debo no sólo todo lo que tengo, sino también todo lo que soy. Este Dios me ha hecho, me ha dado lo que soy. Todo es don: el que recibe los dones es él mismo el primer don recibido”.

¡Feliz domingo familiar!

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