Columna

Dios nos encarga su creación

Otra vez, el Evangelio nos propone el tema de la viña. Esta es la tercera ocasión consecutiva dominical. Todas tienen una enseñanza catequística. La primera vez era una invitación del Señor; la segunda, el modo de hacerlo, con disponibilidad y coherencia; y hoy, los frutos de ese trabajo. ¿Qué frutos espera Dios de nosotros? ¿Los estamos dando? El punto de partida de todo esto no es otra cosa que el amor apasionado de Dios por su pueblo, por su viña.

A partir del bautismo formamos parte de la gran viña del Señor. A veces producimos vino dulce; a veces avinagrado. como sociedad mexicana, baste percibir la realidad social y política, para constatar que la parábola de los viñadores homicidas, tiene especial vigencia y relevancia. No es Dios quien nos abandona; sino que somos nosotros que nos alejamos de Dios, al apropiarnos (sentirnos dueños, fruto de la codicia) de lo que no es nuestro.

La verdad es que somos viñas y cepas escogidas, plantadas y predilectas por el Señor. Desde la Iglesia, como buena torre y vigía del Señor, nos cuida, nos riega, nos alimenta, nos poda y nos abona con su gracia.

La parábola aborda un tema no siempre bien comprendido: la libertad humana en relación con la gracia y donación divina. Por eso nos cuesta entender el inmenso amor misericordioso de Dios, no obstante nuestras felonías y traiciones. Nos es incomprensible el dato que el Padre haya unido, a la misma muerte de su propio Hijo, la salvación de aquellos mismos que lo mataron.

Dar la espalda a Dios: es alejarse de su amor

Pero, siguiendo con la parábola, ¿Es Dios quien quita la viña o es el hombre quien la pierde? Dios no condena. Su esencia es salvar, pero el hombre, cuando se aleja de Dios, dándole la espalda, se priva de su amor misericordioso, y eso ya es una condenación.

Hemos recibido, por encargo, el cuidar la viña del Señor (el mundo en que vivimos). El Propietario ha cedido a los trabajadores, lleno de confianza, la viña bien trabajada por Él: La plantó, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, le construyó una fortaleza para resguardarla de los peligros.

Sin embargo, si no nos encariñamos del encargo recibido por Dios, si no nos entregaremos con amor a su servicio y atención, ese proyecto vendrá a menos. El desarraigo lleva a la indiferencia, y la indiferencia porta al minimalismo laboral (hacer lo menos y de la peor manera).

La viña, en estas condiciones, vendrá a menos, estará a punto de ser ‘robada’; es decir, de no ser defendida y respetada de su Dueño original y originante. El empleado se querrá convertir en propietario, a través de cualquier medio. Es la vieja tentación del Génesis de sentirse “dioses”, cuando sólo somos “criaturas” divinas.

Dios, no obstante nuestras actitudes prepotentes y codiciosas, sigue ofreciéndonos perdón. Y por eso, nos manda a su propio Hijo unigénito, para mostrarnos realmente que su amor no tiene medida, puesto que la medida del amor es un amor sin medida (San Agustín)

Dios no se cansa de ofertarnos ocasiones de conversión. En el salmo, pedimos a Dios que siga siendo así con nosotros: “Dios de los ejércitos, vuélvete; mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó y que tú hiciste vigorosa”. Y Dios nos sigue confiando su viña, se acerca a nosotros con amor y misericordia, y sigue repitiendo el gesto de entregarnos a su Hijo. La Eucaristía es la entrega del Hijo por manos del Padre a los pecadores deicidas y fraticidas.

¡Feliz mes de las Misiones!

 

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