Columna

2 de octubre de 1968… ¡No se olvida!

Han pasado ya 46 años de la masacre que marcó la vida de México. El 2 de octubre del 1968, cunado el presidente del a república era Gustavo Díaz Ordaz, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), con más de 95 mil estudiantes en ese entonces, se había convertido no sólo en el corazón de la ciudad sino también en la cuna de muchos ideales.

Los estudiantes de esta casa de estudios realizaron manifestaciones y marchas que criticaban el autoritarismo del gobierno, pedían se respetara la autonomía universitaria y exigían libertad a los procesos políticos. A los estudiantes de la UNAM se unieron los del Instituto Politécnico Nacional (IPN) y todos los centros educativos de la Ciudad de México.

Para julio de ese año, el movimiento de estudiantes tenía todo el poder, cada manifestación era oportuna para sumar nuevos adeptos, que repetían frases como: “Quiero dejar un México mejor”, “¡Viva México!”, “¡Viva la Universidad!”, “¡Viva el movimiento estudiantil!”, entre otras tantas que se habían convertido en lema de esta realidad.

Sin embargo, fue poco el tiempo y la violencia se hizo presente, y un 18 de septiembre de 1968 el Ejército invadió la Ciudad Universitaria de la UNAM; cinco días más tarde el rector Barros Sierra presenta la renuncia a la Junta de Gobierno de la institución. Durante este mismo mes, el edificio de la Vocacional 5 es ametrallado por comandos policiacos vestidos de civiles, provocando innumerables destrozos. Para aquel momento los enfrentamientos entre estudiantes y granaderos se habían convertido en algo de todos los días.

El 1° de octubre el Ejército se retira tanto de la UNAM como del IPN, pero un día después miles de personas fueron convocadas a una manifestación a realizarse en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. Mientras se producía esta manifestación, el ejército vigilaba todo lo que ocurría; a su vez, miembros del denominado “Batallón Olimpia” (grupo paramilitar creado por el gobierno para infiltrarse y detener las manifestaciones) se infiltraban en la manifestación que tenía lugar en la plaza. Pasadas las seis de la tarde, los integrantes del mencionado batallón abrieron fuego en contra de los manifestantes y militares que protegían el lugar, haciéndoles creer a estos últimos, que las agresiones provenían de los estudiantes. Buscando combatir los ataques, los militares comenzaron a disparar hacia la multitud de manifestantes que se encontraban en la plaza.

Los hechos

A las 10 la mañana del 2 de octubre, en la casa del rector Javier Barros Sierra, los representantes gubernamentales para el diálogo, Jorge de la Vega Domínguez y Andrés Caso Lombardo, “se entrevistan con los representantes estudiantiles Gilberto Guevara Niebla, Anselmo Muñoz y Luis González de Alba; aunque es respetuoso, el diálogo es áspero. La representación estudiantil intenta establecer las tres condiciones previas para que hubiera diálogo: la salida inmediata de las tropas que estaban ocupando el casco de Santo Tomás, el cese de la represión y la libertad de todos los jóvenes aprehendidos a partir de la intervención del Ejército en Ciudad Universitaria.

“Los emisarios señalaron que no aceptaban las condiciones previas al diálogo”, confesó Caso Lombardo al Ministerio Público durante una declaración ministerial en 2003.

Asimismo, “en la reunión con los estudiantes se convino en que el propio 2 de octubre, a las seis de la tarde, se tendría una reunión en el domicilio de Andrés Caso Lombardo (…) pero los trágicos acontecimientos de ese día en la noche modificaron radicalmente la situación”, agregó el propio Caso Lombardo en su declaración.

 

La masacre

“Llegué a las 4:45 y la plaza estaba casi llena. Subí a la terraza del tercer piso del edifico en el que se hallaban los líderes, sorprendiéndome al ver sólo a unos cuantos. Uno de ellos, que se notaba muy nervioso, dijo que se había demorado porque carros blindados y camiones llenos de soldados estaban desalojando a la gente de la plaza”, escribió Oriana Fallaci, en La Voz de México, diciembre 1968.

El relato oficial contenido en el libro blanco del 68, elaborado en ese tiempo por la Procuraduría General de la República, fue que “a las 5:15 de la tarde empezó el mitin-manifestación en la Plaza de Tlatelolco, estando presentes, en los corredores del tercer piso del edificio Chihuahua, los principales y más agresivos líderes del llamado Consejo Nacional de Huelga”.

En tanto, la crónica publicada en Excélsior (3/XI/68), refiere que “desde una hora antes, centenares de manifestantes –estudiantes, hombres y mujeres, señoras con niños– habían comenzado a congregarse.

“Entre los asistentes cundió el rumor de que había decenas de agentes policiacos, vestidos de civil, entre ellos.”

Luego de la participación de un par de oradores, dos helicópteros comenzaron a sobrevolar la zona. La multitud se calculaba en unas 5 mil personas. Cuando terminaba de hablar el cuarto orador, habían transcurrido escasos 45 minutos.

Para ese momento, Florencio López Osuna, representante del Politécnico, ya había anunciado que se cancelaba la marcha hacia el casco de Santo Tomás.

“De pronto, tres luces de bengala aparecieron en el cielo. Caían lentamente. Los manifestantes dirigieron, casi automáticamente, sus miradas hacia arriba. Y cuando comenzaron a preguntar de qué se trataría, se escuchó el avance de los soldados. El paso veloz de éstos fue delatado por el golpeteo de los tacones de sus botas. Luego inició la balacera”, publicó Excélsior.

El libro blanco del 68 señala: (…) después de varios discursos incendiarios, hacia las 6:15 de la tarde, el mitin terminaba. Algunas unidades del Ejército estaban apostadas cerca de la plaza para impedir que los manifestantes marcharan a ‘recuperar el casco de Santo Tomás’ como habían anunciado días antes”.

Nada dice de las bengalas ni tampoco de que el general José Hernández Toledo supuestamente resultó herido cuando pedía a los asistentes que desalojaran la plaza.

Las crónicas periodísticas refieren que tras escucharse el avance de los soldados “inició la balacera. Con ello la confusión. Nadie observó de dónde salieron los primeros disparos. Pero la mayoría de los manifestantes aseguraron que los soldados, sin advertencia ni previo aviso, comenzaron a disparar.

“Entonces, la Plaza de las Tres Culturas se convirtió en un infierno. Las ráfagas de las ametralladoras y fusiles de alto poder zumbaban en todas las direcciones. La gente corría de un lado a otro”. Los militares se apoderaron del lugar. Francotiradores que después se sabría eran elementos del EMP, habían disparado contra los soldados dirigidos por el general Crisóforo Mazón Pineda.

Sin embargo, el libro blanco del 68 señala que los autores de los disparos habían sido “grupos juveniles armados” y los “francotiradores, casi todos estudiantes”.

Cuando casi concluía el mitin en la Plaza de las Tres Culturas, efectivos del Ejército perpetraron su incursión Fotograma del documental Tlatelolco, las claves de la masacre, producido por el canalseisdejulio

Los enfrentamientos duraron hasta la madrugada del 3 de octubre. Hubo más de mil 500 detenidos por elementos militares, agentes de la DFS y de la Policía Judicial Federal, que integraban el Batallón Olimpia. Fueron trasladados al Campo Militar número Uno, refiere el documento gubernamental titulado Apuntes sobre Tlatelolco, en el cual se afirma que “la actuación del Ejército (…) se ajustó a un criterio de mesura”.

Según este documento, “los elementos que forman parte de los cuerpos de policía, de seguridad y del Ejército, se limitaron exclusivamente a dar garantías a la ciudadanía mexicana y su intervención fue incitada y calculada por quienes han propiciado este movimiento”.

Sin embargo, el informe histórico de la extinta Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado revela que un teniente de apellido “Salcedo, a la orden de Gutiérrez Oropeza, apostó elementos en un departamento de la cuñada de Luis Echeverría en el edificio Molino del Rey, y otros elementos en los edificios Chihuahua, 2 de Abril y en la parte baja de los edificios alrededor de la plaza, incluso de la zona cercana a la Vocacional número 7.

“Conforme a documentos desclasificados de la Sedena, con informes de inteligencia enviados al Departamento de Defensa de Estados Unidos, el EMP, contraviniendo o malinterpretando las órdenes del general Marcelino García Barragán, secretario de la Defensa Nacional, utilizó francotiradores para inducir una respuesta armada por parte del Ejército y que ésta se generalizara provocando una masacre que aniquilara el grupo nacional movilizado.”

El 2 de octubre de 1968, miles de asistentes al mitin en Tlatelolco escuchaban a los oradores del Consejo Nacional de Huelga en la Plaza de las Tres Culturas; instantes después, caerían las bengalas y se desataría la masacre Foto Archivo

Oficialmente se contabilizaron 39 muertos civiles y dos militares, el número real de víctimas se desconoce. El general Alberto Quintanar reveló en 2002 a La Jornada, que “entre ocho y nueve camiones de redilas, sin logotipos, se utilizaron para sacar de Tlatelolco los cuerpos de quienes murieron el 2 de octubre de 1968”, los transportes eran similares a los que utilizaba el servicio de limpia del DDF, la oficina que dirigía el coronel Manuel Díaz Escobar

El gobierno de Díaz Ordaz responsabilizó a grupos comunistas de la revuelta juvenil.

Sin embargo, la CIA no tuvo ningún dato que corroborara que China, la Unión Soviética o Cuba tuvieran vínculos con el movimiento estudiantil, pero la noche del 2 de octubre, el embajador de Estados Unidos en México, Fulton Freeman, pidió al general García Barragán que declarara el estado de sitio y que asumiera el poder. El militar, según sus documentos personales, rechazó la propuesta y públicamente dijo que no se suspenderían las garantías individuales.

Diez días después se inaugurarían las que fueron llamadas “Olimpiadas de la Paz”.

Dato especial

Raúl Álvarez Garín, líder estudiantil de los movimientos izquierdistas de 1968 en México, murió el pasado 27 de septiembre en la capital del país a la edad de 73 años de edad a causa del cáncer que sufría desde hace más de un año.

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