Columna

Un país sin sistema alimentario.

Las nuevas generaciones, por primera vez en décadas, tienen una esperanza de vida menor a la de sus padres, debido a lo que están comiendo. La dieta es actualmente la principal causa de muerte a escala global. Los avances logrados durante decenios para aumentar la esperanza de vida se están yendo por la borda. Una de las causas está en el aumento de enfermedades como la diabetes tipo 2. Se calcula que uno de cada tres niños mexicanos desarrollará diabetes tipo 2 a lo largo de su vida, un tipo de diabetes llamada en el pasado “diabetes de los adultos”.

La manera en la que producimos y consumimos nuestros alimentos es, después de la pobreza, la principal causa de deterioro de nuestras condiciones de vida. La forma en la que producimos tiene un impacto en el medio ambiente, lo que producimos y cómo lo procesamos influye en nuestra salud, los recursos que se destinan al campo impactan en la igualdad o desigualdad económica de la población. La alimentación está en el centro de nuestra salud y de la relación que mantenemos con nuestro entorno, así como en el centro de nuestro sistema de distribución de la riqueza.

El sistema alimentario existente ha causado severos daños en la tierra, el agua y el aire, así como en la salud de la población. Por otro lado, el sistema alimentario es un asunto de seguridad nacional que se agudiza en tiempos de cambio climático. Y la realidad es que no existe un sistema alimentario en nuestro país, una política alimentaria, una política que integre la producción de alimentos a la salud alimentaria, una política que ligue los subsidios al combate de la desigualdad, una política que dirija la producción a formas ambientalmente más sustentables de producción.

En un país sumido en una profunda crisis de salud por la introducción masiva de alimentos ultraprocesados en nuestra dieta, en un país con una profunda pobreza que tiene uno de sus orígenes en el abandono de los pequeños productores: la política alimentaria debe enfocarse en la recuperación de los llamados “alimentos verdaderos”, de la dieta tradicional, de la producción diversificada de alimentos, en la recuperación de los mercados locales y regionales, en el fortalecimiento de los pequeños productores, en la transparencia de los procesos de producción y distribución de alimentos.

Cientos de miles de muertes y enfermedades ocurridas cada año pueden prevenirse con una política integral alimentaria. La política agrícola debe estar diseñada como parte de una política de salud alimentaria, de lo contrario no existe un sistema alimentario. Este sistema alimentario debe estar ligado a una publicidad de alimentos dirigida a la promoción de alimentos y hábitos saludables entre los niños. Los alimentos y bebidas en las escuelas deben enseñar a los niños y niñas a reconocer y valorar las opciones más nutritivas, siempre con un valor cultura. Las visitas escolares deben dirigirse a tierras de cultivo y promoverse los huertos escolares.

Las políticas deben ser integrales y concordantes. Por ejemplo, si hay medidas fiscales dirigidas a reducir el consumo de los alimentos y bebidas que son causa central de esta epidemia de obesidad y diabetes, debe fortalecerse la producción, distribución, disponibilidad y acceso a alimentos no procesados, a productos frescos, a “alimentos verdaderos”. Formas de distribución más directas que permitan mejores precios de compra a los productores y menores precios de venta a los consumidores, medida que se puede lograr reduciendo y regulando a los intermediarios que actualmente se quedan con las mayores ganancias, manteniendo en la miseria a los productores e incrementando los precios a los consumidores.

Las medidas fiscales para desalentar el consumo de alimentos y bebidas no saludables deben ser correspondidas con regulaciones a etiquetados y publicidad que vayan en el mismo sentido y no en el contrario, como el etiquetado frontal que se acaba de establecer. Este etiquetado, conocido como GDA, no es entendible, es decir no ayuda a realizar elecciones saludables. El GDA, además, induce a consumir altísimas cantidades de azúcar que aumentan el riesgo de sobrepeso, obesidad y diabetes. Al igual, la regulación de publicidad dirigida a la infancia debiera ser comprensiva y no dejar a los niños expuestos en los horarios y medios que más son impactados por este tipo de publicidad.

La interconectividad del sistema alimentario que va desde la producción hasta el consumo, considerando desde los beneficios sociales, económicos y ambientales, hasta la protección de la salud alimentaria, debiera ser el planteamiento base del presupuesto. Todo va enlazado en un sistema alimentario, desde la protección de la salud alimentaria hasta todo el espectro de implicaciones e impactos sociales de sus políticas.

Como observan en un texto conjunto Mark Birtman, Michael Pollan, Ricardo Salvador y Oliver de Schutter [i] y en el que se inspira este artículo: “Las enfermedades crónicas relacionadas con la dieta, la seguridad alimentaria, las condiciones de trabajo, los salarios de los jornaleros y trabajadores de la cadena alimentaria, la inmigración, la calidad del agua y la tierra, las emisiones de gases invernadero y el financiamiento a los agricultores: Todos son temas conectados al sistema alimentario”.
Como lo citan los autores mencionados anteriormente, en Brasil desde 2004 se tiene una política alimentaria nacional que cuenta, entre otros organismos, con un consejo de seguridad alimentaria constituido en su mayoría por representantes de la sociedad civil y productores. Señalan que en la Ciudad de Belo Horizonte se cuenta ocn un apolítica alimentaria con una inversión del 2% del presupuesto local en acceso a alimentos y programas de apoyo a los pequeños productores que ha reducido la pobreza en 25% y la mortalidad infantil en 60%, así como otorgado acceso a crédito a 2 millones de agricultores en el periodo de una década promoviendo la agricultura urbana y periurbana.

Existen experiencias exitosas que muestran como la visión integral de una política alimentaria que considera los beneficios a los pequeños productores, así como la salud alimentaria de los consumidores trae consigo otros beneficios materiales y culturales al combatir la pobreza, fortalecer las economías locales y recuperar la cultura culinaria.

[i] Mark Bittman es columnista y escritor sobre temas de alimentación en el New York Times, Michael Pollan es autor de celebres libros sobre el tema alimentario como “The Omnivore’s Dilemma”, Ricardo Salvador es director del programa de alimentos y ambiente de la Union of Concerned Scientists y Olivier De Schutter fue Relator Especial de Naciones Unidas por el Derecho a la Alimentación.

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