Columna

El Reino de Dios tiene su propia vitalidad

La parábola de hoy nos invita a cultivar dos actitudes: la esperanza y la aventura. Cuando se arroja la semilla en la tierra, pensemos en los tiempos de Jesús que de tecnología actual se tenía nada, las preguntas que cruzaban la mente del campesino eran, entre otras: ¿crecerá? ¿habrá plaga? ¿lloverá? ¿se inundará? ¿los animales se meterán en el barbecho? ¿caerá granizo? ¿las quemará el sol?

Respuestas seguras no hay. Sin embargo, el campesino se tiene que aventurar, arriesgarse y conservar firme la esperanza de recoger frutos para él y su familia.

En tiempos de desesperanza, vale la pena invertir en la confianza, y arriesgarse. Hay que sembrar a manos llenas, para esperar la cosecha. Si no se arriesga, no se gana.

El emprender con ahínco, aunque no se tienen certezas totales, lo tenemos que hacer todos: médicos, empresarios, comerciantes, funcionarios, conductores, prestadores de servicios, estudiantes, maestros, sacerdotes, programadores, artesanos, artistas, músicos, pastores, pescadores, etc. Hay que sembrar; hay que invertir para el porvenir.

En la narración se suprimen actividades importantes y fundamentales del campesino para que, la semilla sembrada, dé fruto; como son: el arar, el escarbar, limpiar, combatir las plagas, la sequedad, el mal tiempo, etc.

Es curioso cómo después de la siembra, el campesino, en la parábola, ya no hace nada. En último término, el fruto final no depende tanto del campesino. La planta germina, crece, sin que él sepa cómo.

Eso no significa adoptar una actitud pasiva. Todo lo contrario. Eso exige al creyente la aportación de sus sentimientos, de sus pensamientos, de su acción, de sus tareas. Pero la iniciación y la dirección espiritual es cosa única de Dios.

DIOS CONDUCE LA HISTORIA

Es una narración muy optimista de Marcos 8,26-34. Nos dice que todo reside en la vitalidad de la semilla: el germen es una potencia concentrada, formidable, invencible, pero, con frecuencia, escondida y frágil.

Jesús dijo que el Reino es como una semilla viva; sembrada en un alma, sembrada en el mundo. Ella crece con un lento, imperceptible, pero continuo crecimiento. La vida del Reino progresa y no abdica jamás. El protagonista en la parábola no es el labrador, ni el terreno, sino la semilla.

El Evangelio de hoy nos ayuda a entender cómo conduce Dios nuestra historia. Si olvidamos su protagonismo y la fuerza intrínseca que tienen su Evangelio, sus Sacramentos y su gracia, nos pueden pasar dos cosas: si nos va bien, pensamos que es mérito nuestro; si mal, entonces, nos hundimos.

No tendríamos que enorgullecernos nunca, como si el mundo se salvara por nuestras técnicas y esfuerzos, por nuestras obras. San Pablo dijo que a él Dios lo puso para sembrar; Apolo regó, pero era Dios mismo quien hacía crecer.

Dios nos da la lección de que los medios más pequeños producen frutos inesperados, no proporcionados ni a nuestra organización ni a nuestros métodos e instrumentos. La semilla no germina porque lo digan los sabios botánicos, ni la primavera espera a que los calendarios señalen su inicio. Así es la fuerza de la Palabra de Dios, viene del mismo Dios, no de nuestras técnicas.

Las parábolas nos dicen, además, que no tenemos que desanimarnos cuando no obtengamos éxitos a corto plazo. El protagonismo lo tiene Dios. Por malas que nos parezcan las circunstancias de la vida de la Iglesia o de la sociedad o de una comunidad, las semilla de Dios se abrirá paso y producirá fruto, aunque desconozcamos cómo y cuándo.

La semilla tiene su fuerza y lleva su ritmo. Hay que tener paciencia, como el campesino. ¡Viva la familia en unidad!

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